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Siempre tendremos "Casablanca"

Foto(s): Cortesía
Aleyda Ríos

Leonardo Pino

La película "Casablanca", filmada en 1942, es un canto a la libertad, al amor y al compromiso político por un mundo más justo. Más que una película, es un sueño compartido por miles de mujeres y hombres que siguen creyendo en valores superiores del humanismo.

Próxima a cumplir ochenta años, "Casablanca" es un clásico de la cinematografía mundial y según el Instituto de Cine Estadounidense, es una de “las 100 películas que todo el mundo debería ver alguna vez”.

Cómo pasa el tiempo, canta Sam -quizás el pianista más famoso de la historia del cine– y a medida que transcurre, "Casablanca" sigue siendo una película de todos los tiempos, una sonata de nostalgia, humor y denuncia a la guerra. Los errantes de "Casablanca", siguen hoyando caminos del mundo en busca de un lugar más amigable para las mujeres y hombres desposeídos de lo elemental. Los refugiados de "Casablanca", siguen atestando campamentos miserables y sufriendo hambre, frío y dolor en espera de un vuelo que los libere de su condición de parias.

"Casablanca" pasó el filtro de los años y por la calidad de los diálogos, la hermosa fotografía en blanco y negro, y la sublime interpretación de los actores, hoy es un filme clásico, que renueva su invitación a que nos indignemos, lloremos por los amores imposibles y nos emocionemos con la Marsellesa que se impone al canto nazi y estremece el pequeño café de Rick, y sigue retumbando en los corazones de mujeres y hombres libres.

Así como Rick e Ilse siempre tendrán a París, nosotr@s tendremos "Casablanca" para siempre.

CIENCIA A LA MANO

Las desigualdades matan

Jayati Ghosh (OXFAM)

La pandemia ha puesto de manifiesto una dura realidad. El acceso desigual a ingresos y oportunidades no solo crea  sociedades injustas, enfermas e infelices, sino que también mata a personas.

A lo largo de los últimos dos años, un gran número de personas ha perdido la vida tras contraer una enfermedad infecciosa al no poder acceder a tiempo a las vacunas, incluso cuando dichas vacunas podrían haberse producido y distribuido de una manera más amplia, de haberse compartido la tecnología necesaria para ello.

Han fallecido porque no tenían acceso a asistencia hospitalaria básica u oxígeno cuando lo necesitaban, debido a las carencias de sistemas públicos de salud sin presupuestos adecuados. Han fallecido por la incapacidad de tratar a tiempo otras enfermedades debido a la sobrecarga de los centros públicos de salud y porque no podían pagar por asistencia médica privada.

Han fallecido por la desesperación de perder sus medios de vida. Han fallecido de hambre al no poder comprar alimentos. Han fallecido porque sus gobiernos no podían ofrecer la protección social básica necesaria para sobrevivir a la crisis, o porque simplemente decidieron no hacerlo. Y mientras perdían la vida, las personas más ricas del mundo no han dejado de enriquecerse, y algunas de las mayores empresas han llegado a obtener beneficios insólitos.

La pandemia ha afectado de manera desproporcionada a cientos de millones de personas que ya se encontraban en una situación de desventaja, como las que viven en países de renta media y baja, las mujeres y las niñas, las pertenecientes a grupos socialmente discriminados, o las que trabajan en el sector informal; se trata precisamente de las personas con menos poder de influencia sobre las políticas.

Las desigualdades no solo están matando a las personas que tienen menor representación política, sino que también están acabando con el planeta.

La estrategia de anteponer los beneficios a las personas no es solo injusta, sino una estupidez monumental. Las economías no “crecerán”, y los mercados tampoco ofrecerán “prosperidad” a nadie; por mucho poder que tenga, en un planeta inerte.

Es imprescindible que cambiemos el rumbo. Necesitamos soluciones sistémicas: revertir la desastrosa privatización de las finanzas, los conocimientos, los servicios públicos básicos y los bienes comunes naturales. Pero también necesitamos políticas fiscales accesibles, como la aplicación de impuestos a las personas más ricas y las multinacionales.

Además, debemos revertir las desigualdades estructurales por motivo de género, raza, origen étnico y casta que alimentan las disparidades económicas.

Las desigualdades matan y las soluciones están a nuestro alcance. Aún podemos lograrlo con una mayor imaginación colectiva y movilización pública.

CORRESPONDENCIA

Carta de Julio Cortázar a Francisco Porrúa

París, 30 de noviembre de 1964.

Che, espero humildemente que no sea un acto fallido, pero en la nómina me comí a Borges. Oh, no creo que sea un acto fallido, porque no te podés imaginar cómo se me llena el corazón de azúcar y de agua florida y de campanitas, cuando, al cruzar el hall de la Unesco con Aurora para ir a tomarnos un café a la hora en que está terminantemente prohibido y por lo tanto es muchísimo más sabroso, lo vimos a Borges con María Elena Vázquez, muy sentaditos en un sillón, probablemente esperando a Caillois.

Cuando me di cuenta, cuando reaccioné, ya nos estábamos abrazando con un afecto que me dejó sin habla. Mirá, fue algo maravilloso. Borges me apretó fuerte, ahí nomás me dijo: «Ah, Cortázar, a lo mejor, ¿no?, usted se acuerda, ¿no?, que yo le publiqué cosas suyas en aquella revista, ¿no? ¿Cómo se llamaba la revista, che, cómo se llamaba?». Yo, casi no podía hablar, porque el grado de idiotez a que llego en momentos así es casi sobrenatural, pero me emocionó tanto que se acordara con un orgullo de chico de esa labor de pionero que había hecho conmigo. Entonces le recordé a mi vez todo lo que eso había significado para mí, sobre todo porque él me había publicado sin conocerme personalmente, lo que le daba muchísimo más valor a la cosa.

Y entonces Borges dijo: «Ah, sí, claro… Y usted a lo mejor se acuerda, ¿no?, que mi hermana Norah le hizo unos dibujos muy preciosos, ¿no?». En fin, che, yo estaba hecho un pañuelo. Después lo escuchamos a Borges en su conferencia sobre literatura fantástica, dicha en un francés excelente, y a los días vino a la Unesco y les rajó una charla sobre Shakespeare que los dejó a todos mirando estrellas verdes. La chica Vázquez me arrancó la lectura de dos cuentos para una emisión de Radio Municipal, y se fueron a España. Por supuesto, los periodistas se ingeniaron como siempre para hacerle decir a Borges cuatro pavadas sobre política, pero qué poco importa, o en todo caso, qué poco me importa.

Borges habla de Cortázar

“Luego nos vimos un par de veces en la UNESCO, donde él trabaja. Él está casado -o estaba casado- con la hermana de un querido amigo mío, Francisco Luis Bernárdez. Bueno, como le decía, nos vimos creo que dos o tres veces en la vida, y, desde entonces, él está en París, yo estoy en Buenos Aires; creo que profesamos credos políticos bastante distintos: pero pienso que, al fin y al cabo, las opiniones son lo más superficial que hay en alguien; y además a mí los cuentos fantásticos de Cortázar me gustan”.

(Fernando Sorrentino; Siete conversaciones con Jorge Luis Borges, Buenos Aires, El Ateneo, 1996).

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