Filiberto Santiago Rodríguez
Bajo los rayos de un sol que se iba enterrando en el naranja del horizonte, el viejo Jacinto Cruz, terminó de podar sus macizos de flores. Su patio era un lienzo pintado con los colores del arcoíris. Jacinto había renunciado a su pasión por la lectura y ahora solo cuidaba de su jardín. Una trombosis venosa retiniana le vino a robar el setenta por ciento de su capacidad visual.
Su avejentado cerebro de casi noventa años recuerda aquellos días aburridos cuando estudiaba la secundaria. Sus padres lo inscribieron en una escuela, a setenta kilómetros de su pueblo. Allí se sintió solo, sin amigos, sin familia y sin las manos cariñosas de su madre.
—¡Pero al final no la pasé tan mal, pues hice todo lo que me vino en gana— pensó.
Como un niño sin sombra, comenzó a visitar el zócalo. Al no tener compañía solo le quedaba recargarse en un árbol y observar el ir y venir de las personas. Parecía una estatua de bronce que se hermanaba con el paisaje de bancas y del quiosco metálico que embellecían ese parque lleno de eucaliptos, jacarandas y laureles de la India.
En aquel tiempo hizo amistad con el único boleador de zapatos que existía en el zócalo. Nadie sabía su nombre; pero, por su gran parecido con el cómico nacido en Santa María la Redonda, en la Ciudad de México, todos le decían “Cantinflas”. Además de limpiar los zapatos, por diez centavos alquilaba cómics de Kalimán, El Valiente, Chanoc, El Charrito de Oro y de otras que ya había olvidado.
Jacinto Cruz quedó enganchado con las lecturas del “Cantinflas”, sin embargo, ese pasatiempo costaba dinero que el niño no tenía. Algunas veces el “librero” de cómics le abrió una línea de crédito que Jacinto nunca pudo pagar. Su avidez por la lectura empezó a despuntar y decidió acudir con el bibliotecario del Municipio, quien con el tiempo se convirtió en su mecenas. Como despedida, una tarde pasó de largo junto a “Cantinflas” y se dirigió a la biblioteca de la población.
Entrar a ese mundo de libros, lo hizo sentir otra vez como una estatua de bronce. Sus ojos miraban por todas partes y por su nariz se metía ese olor a historias viejas carcomidas por la humedad. Recorrió pasillos deletreando títulos y murmurando autores que jamás pensó leer. Jacinto abrió un libro, luego otro y después muchos más. Una obra de pasta dura decía: “En un rancho situado detrás de la Cuesta de Barrientos que, según se nos ha informado, se llama Santa María de la Ladrillera”. Ese libro le interesó porque hablaba de un rancho, como su pueblo, como su gente.
Aquel libro lo motivó para ser maestro de Historia. Hacía suyos los pasajes del libro y sus alumnos sentían cierta fascinación a la hora de escuchar su clase con esa voz embriagadora que causa la pasión por lo que se lee. Por las noches, Jacinto Cruz acaricia su primer libro, como si fuera la primera mujer que le robó la inocencia. En sus hojas amarillas por el tiempo, aún se puede leer: Los bandidos de Río Frío. Autor: Manuel Payno.
“Entrar a ese mundo de libros, lo hizo sentir otra vez como una estatua de bronce”.
