Leonardo Pino
El poeta Octavio Paz (Ciudad de México, 1914-1998) fue un actor imprescindible de la escena cultural, y lúcido animador de grandes polémicas ideológicas, de la última mitad del siglo pasado en nuestro país. Intelectual de fuste, cultor del ensayo e interesado en la vida política, nacional y universal, Octavio Paz logró inscribir su máxima expresión creativa en la poesía. Junto con Jorge Luis Borges, Pablo Neruda y César Vallejo, conforma el selecto grupo de grandes poetas que renovaron la lírica hispanoamericana del siglo 20.
Como todo gran protagonista de la escena nacional, su obra y participación pública, fue controversial y aún hoy, a 23 años de su desaparición física, siguen despertando adhesiones y controversias.
Un contemporáneo suyo, don Luis Villoro, escribió amorosamente: “A menudo lo vi dejarse acariciar por los halagos de la fama, condescender al encanto del poder económico, político, literario y vislumbrar para sí el púlpito del magisterio intelectual. En todo ello no percibí “la otra voz”, sino la cansina palabra que se complace en las lisonjas de este mundo. (…) ¿Soy injusto? Es probable, porque a aquello que amamos exigimos la perfección, y la perfección es inhumana”.
Otro gran interlocutor paciano, que en un principio se ubicó en las antípodas ideológicas del poeta, y que su pensamiento hoy se considera complementario, aunque distinto, del último sostenido por Paz, Carlos Monsiváis, consideró en 1999, que: “Pero así la izquierda discrepe de sus tesis, las comparta a medias o maneje otros elementos de juicio, en los años últimos la confrontación viene muy a menos. Es vastísimo el reconocimiento a la obra de Paz y sus aportaciones a la democracia, y las discrepancias por numerosas y significativas que sean, no impiden la continuidad ya sin fractura del diálogo, abierto entre sus páginas”.
Es admirable la lúcida honestidad intelectual de Monsiváis, partícipe de célebres discusiones con Paz, que -ya muerto el poeta– reconozca sus grandes aportes intelectuales y celebre la “continuidad sin fractura” del diálogo con su obra.
Y también da certeza a la creencia que manifestó Octavio Paz: “Siempre creí que mi interlocutor natural era el llamado intelectual de izquierda. (…) Sé que mi diálogo –a veces mi discusión- es con ellos. No tengo mucho que hablar con los otros”.
Pese a vanas resistencias y al impulso al parricidio literario, muchas y muchos poetas, ensayistas, escritores nóveles y lectores agradecidos, siguen descubriendo en sus escrituras y lecturas, palabras, imágenes y giros creados por la erudición y sensibilidad de Octavio Paz.
Al celebrar 108 años de su nacimiento, miles, millones de mujeres y hombres, creemos que el maestro nos acompaña como un “sauce de cristal”, como “un alto surtidor”, como “un árbol bien plantado”.
EPISTOLARIO
El maestro Octavio Paz, desde Kasauli, India, escribe a su amigo José Luis Martínez la carta donde se refiere a lo que él entiende como joven o nueva literatura.
Kasauli, a 6 de junio de 1968
Querido José Luis:
(…) Gracias por haber acogido a Duvignaud. Gracias también por los dos ejemplares del álbum de Tamayo: tienes razón, lo mejor será que los guardes hasta nuestro regreso.
(Por cierto: mi texto no es un ensayo sino un poema.)
No reviso aún el número de la Revista de la Universidad en que aparece tu ensayo sobre la literatura joven. Un tema difícil: el criterio meramente biológico de juventud no es aplicable a la literatura –lo que cuenta es el cambio, independientemente de la edad: el viejo Whitman tanto como el adolescente Rimbaud, el Mallarmé de Un coup de dés o el joven Apollinaire. La literatura es joven cuando los autores, sean jóvenes o viejos, cambian el lenguaje de una época –en el sentido más amplio y radical de la palabra lenguaje: la visión del mundo y de las cosas. Si se piensa en Carlos Fuentes, Jaime Sabines, Tomás Segovia, Salvador Elizondo, Zaid, Montes de Oca y otros pocos más (novelistas y poetas) sí puede decirse que en México existe una nueva (joven) literatura. Otro problema (o mejor dicho: uno de los rasgos que hacen nueva a nuestra literatura): la interdependencia de los géneros.
Por ejemplo: los novelistas, por primera vez en nuestro país, aprovechan la lección de la poesía –se dan cuenta de que la novela es un género poético-. En este sentido, Fuentes (y antes Rulfo) representa un cambio radical: son los primeros que conciben a la novela como un organismo verbal regido por leyes propias (aunque análogas a los del poema lírico). La novela no renuncia al realismo: es un mundo. Por su parte, los poetas jóvenes no han sido insensibles a las conquistas de la novela: la poesía cuenta, relata –más exactamente: presenta– en una forma que no es esencialmente distinta a la de la novela. Fusión de géneros. De ahí que todo examen de la situación actual tenga que ser de carácter global: no la antigua crítica académica de géneros sino las relaciones (oposiciones y afinidades) entre las obras importantes, cualquiera que sea su género.
Una época es un lenguaje y ese lenguaje se manifiesta por igual en el teatro y en la pintura, en la ficción y la poesía. Otro tema (otro rasgo distintivo) de la nueva literatura: su carácter crítico. Crítica de la sociedad y crítica del lenguaje: poesía crítica.
A la inversa de lo que ocurrió con la literatura “revolucionaria” del pasado inmediato, la nueva literatura, por ser crítica, es realmente rebelde y profundamente revolucionaria, no critica abusos y desviaciones como Martín Luis Guzmán o Azuela sino que muestra las estructuras profundas de la mentira que nos ahoga y profana los valores. Esta crítica profanadora también opera en un sentido distinto a la de Contemporáneos: no es en rigor destinada a preservar el lenguaje, sino a violarlo.
Profanación y violación son, no obstante, maneras negativas de describir a la nueva literatura mexicana: la violación es un rito y la profanación una suerte de consagración. De ahí la importancia de la forma tanto en los novelistas como en los poetas, su preocupación por el lenguaje, su amor por la experimentación y su rebeldía moral.
(…) Saludos de los dos a los dos, con un doble abrazo. Octavio.
P.S. (…) ¿Todavía existe tu Revista de Bellas Artes?
Ejemplos, en la poesía: el último poema de Segovia, los libros de Aridjis, Piedra de Sol, Viento entero, el prosaísmo de Salinas; en la prosa: Zona Sagrada, Cambio de piel, la novela de Elizondo, [las experiencias verbales y de escritura de Sainz], el último libro de Pacheco (excelente) y esa novela de Echeverría (Último sol) en la que el lenguaje se vuelve sobre sí mismo, como en algunos poemas recientes que prefiero no citar. También hay que citar otra característica: la crítica, social en Monsiváis, estética en García Ponce (es un crítico mejor que Villaurrutia (además de ser un excelente cuentista), literaria y moral en Zaid. Por último, algunos de los nuevos poetas (Mondragón, Montes de Oca, etc.) se sienten artífices: para ellos, el arte es inseparable de la tarea de cambiar al mundo... El común denominador de todo esto, me decía Carlos Fuentes en carta reciente, es la poesía.
