Leonardo Pino
El 7 de octubre de 1967, el comandante Ernesto Che Guevara escribió el postrer apunte en su diario de guerra: “Se cumplieron los 11 meses de nuestra inauguración guerrillera sin complicaciones, bucólicamente. Salimos los 17 con una luna muy pequeña y la marcha fue muy fatigosa y dejando mucho rastro por el cañón donde estábamos.”
Un mes antes, el comandante había reconocido en su diario: “(…) hemos quedado en una posición peligrosa”; también apuntó: “Ahora sí el Ejército está mostrando más efectividad en su acción. La masa campesina no nos ayuda en nada y se convierten en delatores... La tarea más importante es zafar y buscar zonas más propicias”.
Al día siguiente, 8 de octubre, el Che Guevara libró el último combate en tierra. Estaba en Bolivia, porción doliente de la Patria Grande; el ejército de aquel país había cercado a su unidad guerrillera en la quebrada del Yuro, pendiente pedregosa con escasa vegetación.
El tiroteo comenzó al mediodía; después de un tiempo de fuego intenso, el comandante insurgente recibió dos balazos: uno en la pierna y el otro acalló su fusil. Había terminado su lucha contra el ejército boliviano y su combate diario contra el asma y el hambre.
Herido y desarmado, el Che intentó una fuga imposible hacia “zonas más propicias”, pero fue detenido y trasladado al pueblo de La Higuera, donde se negó a discutir con sus captores.
Reunidos en la capital del país, al día siguiente altos jefes militares decidieron asesinarlo. Oficiales entrenados por el ejército de Estados Unidos, ordenaron a un suboficial disparar contra el prisionero inerme. Mario Terán tuvo que emborracharse para poder cumplir el cometido; cuando entró en el cuarto donde estaba el prisionero heroico, no pudo disparar. Lo logró en un segundo intento, pero fue necesario que otro borracho disparara el tiro final. En el prólogo al Diario del Che en Bolivia, publicado después de su asesinato, su amigo, el comandante Fidel Castro escribió: “Pocas veces en la historia, o tal vez nunca, una figura, un nombre, un ejemplo, se han universalizado con tal celeridad y apasionante fuerza. Es que el Che encarna en su forma más pura y desinteresada el espíritu internacionalista que caracteriza al mundo de hoy y cada vez al de mañana”.
Carta de Julio Cortázar a Adelaida y Roberto Fernández Retamar
París, 29 de octubre de 1967
Roberto, Adelaida, mis muy queridos:
Anoche volví a París desde Argel. Sólo ahora, en mi casa, soy capaz de escribirles coherentemente; allá, metido en un mundo donde sólo contaba el trabajo, dejé irse los días como en una pesadilla, comprando periódico tras periódico, sin querer convencerme, mirando esas fotos que todos hemos mirado, leyendo los mismos cables y entrando hora a hora en la más dura de las aceptaciones. Entonces me llegó telefónicamente tu mensaje, Roberto, y entregué ese texto que debiste recibir y que vuelvo a enviarte aquí por si hay tiempo de que lo veas otra vez antes de que se imprima, pues sé lo que son los mecanismos del télex y lo que pasa con las palabras y las frases. Quiero decirte esto: no sé escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el escritor profesional listo a producir lo que se espera de él, lo que le piden o lo que él mismo se pide desesperadamente. La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo insustituible. El Che ha muerto y a mí no me queda más que el silencio, hasta quién sabe cuándo; si te envié ese texto fue porque eras tú quien me lo pedía, y porque sé cuánto querías al Che y lo que él significaba para ti. Aquí en París encontré un cable de Lisandro Otero pidiéndome ciento cincuenta palabras para Cuba. Así, ciento cincuenta palabras, como si uno pudiera sacarse las palabras del bolsillo como monedas. No creo que pueda escribirlas, estoy vacío y seco, y caería en la retórica. Y eso no, sobre todo eso no. Lisandro me perdonará mi silencio, o lo entenderá mal, no me importa; en todo caso tú sabrás lo que siento. Mira, allá en Argel, rodeado de imbéciles burócratas, en una oficina donde se seguía con la rutina de siempre, me encerré una y otra vez en el baño para llorar; había que estar en un baño, comprendes, para estar solo, para poder desahogarse sin violar las sacrosantas reglas del buen vivir en una organización internacional. Y todo esto que te cuento también me avergüenza porque hablo de mí, la eterna primera persona del singular, y en cambio me siento incapaz de decir nada de él. Me callo entonces. Recibiste, espero, el cable que te envié antes de tu mensaje. Era mi única manera de abrazarte, a ti y a Adelaida, a todos los amigos de la Casa. Y para ti también es esto, lo único que fui capaz de hacer en esas primeras horas, esto que nació como un poema y que quiero que tengas y que guardes para que estemos más juntos.
CHE
Yo tuve un hermano. No nos vimos nunca,
pero no importaba. Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
Lo quise a mi modo
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.
No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.
Ya nos escribiremos. Abraza mucho a Adelaida. Hasta siempre,
Julio.
Del huacal de letras
Consternados, rabiosos
Mario Benedetti
Vámonos, derrotando afrentas.
Ernesto “Che” Guevara
Así estamos
consternados
rabiosos
aunque esta muerte sea
uno de los absurdos previsibles
da vergüenza mirar
los cuadros
los sillones
las alfombras
sacar una botella del refrigerador
teclear las tres letras mundiales de tu nombre
en la rígida máquina
que nunca
nuca estuvo
con la cinta tan pálida
vergüenza tener frío
y arrimarse a la estufa como siempre
tener hambre y comer
esa cosa tan simple
abrir el tocadiscos y escuchar en silencio
sobre todo si es un cuarteto de Mozart
da vergüenza el confort
y el asma da vergüenza
cuando tú comandante estás cayendo
ametrallado
fabuloso
nítido
eres nuestra conciencia acribillada
dicen que te quemaron
con qué fuego
van a quemar las buenas
las buenas nuevas
la irascible ternura
que trajiste y llevaste
con tu tos
con tu barro
dicen que incineraron
toda tu vocación
menos un dedo
basta para mostrarnos el camino
para acusar al monstruo y sus tizones
para apretar de nuevo los gatillos
así estamos
consternados
rabiosos
claro que con el tiempo la plomiza
consternación
se nos irá pasando
la rabia quedará
se hará más limpia
estás muerto
estás vivo
estás cayendo
estás nube
estás lluvia
estás estrella
donde estés
si es que estás
si estás llegando
aprovecha por fin
a respirar tranquilo
a llenarte de cielo los pulmones
donde estés
si es que estás
si estás llegando
será una pena que no exista Dios
pero habrá otros
claro que habrá otros
dignos de recibirte
comandante.
MEMENTO
4 de octubre de 1855: El general Juan Álvarez es nombrado presidente interino de la República, en Cuernavaca, Morelos.
5 de octubre de 1813: El General José María Morelos decreta la abolición de la esclavitud, en Chilpancingo, Guerrero.
5 de octubre de 1910: Francisco I. Madero promulga el Plan de San Luis, en el que convoca a tomar las armas para derrocar al gobierno de Porfirio Díaz.
7 de octubre de 1913: Asesinato del senador chiapaneco Belisario Domínguez, crítico y opositor del gobierno de Victoriano Huerta.
