Por Leonardo PINO
Francisco I. Madero, también conocido con el apelativo de "Apóstol de la democracia", es una figura paradigmática tanto en la historia de la Revolución mexicana que estalló en 1910, como en el sistema político del siglo XX de nuestro país.
Nació el 30 de octubre de 1873 en Parras de la Fuente, Coahuila. Hijo primogénito del matrimonio formado por Francisco Madero y Mercedes González, recibió sus primeras letras en la casa familiar y luego estudió en Estados Unidos y Francia. De regreso a su terruño natal se hizo cargo de las empresas que heredó. Asimismo, realizó actividades filantrópicas y practicó la medicina homeopática y la doctrina espírita. Consciente del gobierno opresivo y de las desigualdades económicas y sociales de su época, incursionó en la política. En 1908 se publicó su libro La sucesión presidencial de 1910.
Madero en Oaxaca
Muy pocos ciudadanos esperaron a Madero en la Estación del Ferrocarril, aquel sábado 4 de diciembre de 1909, día de su llegada a Oaxaca de Juárez. La asamblea-mitin, cuya realización estaba prevista en las faldas del Cerro del Fortín, frente a la estatua de don Benito Juárez, fue prohibida por el jefe político del Centro. En su lugar, se realizó una reunión en la casa del licenciado Juan Sánchez, sita en calle Morelos, donde fue elegida la Comisión Directiva del Centro Antirreelecionista Oaxaqueño, que quedó integrada de la siguiente manera: presidente, Juan Sánchez; vicepresidente, Heliodoro Díaz Quintas y secretario, Celestino Pérez. Los vocales “eran todos artesanos”, según lo consigna José Luis Tamayo en su Oaxaca en el siglo XX.
Traición y muerte del Apóstol
En 1910, Madero fue candidato a la presidencia de México por el Partido Antirreeleccionista, en oposición a la séptima reelección de Porfirio Díaz. Sin embargo, Madero fue hecho prisionero y, Díaz, declarado presidente.
Francisco I. Madero escapó de la cárcel y después de agotar las vías legales para la transición democrática del Poder Ejecutivo federal, decidió convocar a un movimiento revolucionario por medio del Plan de San Luis Potosí. Un año después, en noviembre de 1911, tomó posesión como el primer presidente constitucional -tras la caída del gobierno de Porfirio Díaz, del triunfo de la revolución que encabezó y de unos comicios democráticos-. Como gobernante, la tarea que tuvo frente así fue inmensa en un país lleno de problemas. Su administración fue blanco de diversas críticas y de demandas de varios grupos, que lo obligaron a renunciar, junto con el vicepresidente José María Pino Suárez.
La descarada injerencia de Estados Unidos
La asonada y su posterior desenlace, tuvo como figura principal al embajador estadounidense, Henry Lane Wilson, que intrigó en contra del gobierno constitucional, que había ganado las elecciones con un 99,26 % de la votación.
El papel de Wilson, durante la quincena trágica, fue deplorable: en un principio insinuó que la única medida posible para que EUA no invadiera el país, era la renuncia del señor Madero. Era tal su descarada intromisión que hacía gala ante miembros del cuerpo diplomático, de conocer los tejes y manejes desleales de Huerta y notificó al Departamento de Estado de los Estados Unidos, que habían sido apresados el presidente y el vicepresidente una hora y media antes de que esto ocurriera.
Los principales traidores, Victoriano Huerta y Félix Díaz, se reunieron en la sede diplomática de Estados Unidos para planificar el cuartelazo, por lo que la reunión se llamó el “Pacto de la Embajada”, en la cual se desconoció al gobierno de Madero y se acordó que Huerta asumiría la presidencia provisional.
Al pacto de la ignominia, siguió el inhumano asesinato de Gustavo A. Madero, hermano del presidente. Después, se presentaron las renuncias obligadas de Madero y Pino Suárez ante el Congreso, cuya mayoría vivó a Huerta.
El crimen oprobioso
Desde que fueron tomados prisioneros, Madero y Pino Suárez permanecieron en Palacio Nacional, junto al general Felipe Ángeles, en la sala que hoy se llama “Intendencia de la Traición”. Fueron inútiles las gestiones de familiares y amigos, ni la de los embajadores de Cuba, Chile y Japón, ante el Embajador Wilson que, con todo cinismo, respondió que él, como diplomático, no podía interferir en los asuntos internos de México.
El 22 de febrero, a las diez de la noche, cuatro días después de su captura, un grupo de militares, mandados por el mayor Francisco Cárdenas y el cabo Rafael Pimienta, trasladaron a Madero y a Pino Suárez, a la Penitenciaría de Lecumberri. En el trayecto, se simuló un ataque; al grito de ¡Bájese usted de una buena vez, carajo!, en medio de empujones e insultos, Cárdenas asesinó al Apóstol de la Democracia, con dos disparos.
Momentos después, fue obligado a bajar del automóvil Packard don José María Pino Suárez, que fue rematado sin compasión alguna de 13 balazos, cuando intentaba escapar y pedir auxilio.
