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Miércoles de tianguis, historia y raíz

Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Isabel Guzmán Ruiz

Hay lugares que nos mantienen suspendidos entre el pasado y el presente; para mí, uno de ellos es el tianguis de los miércoles de la Villa de Etla. La palabra tianguis proviene del náhuatl, tianquiztli, que quiere decir mercado y su raíz está vinculada a la idea de "reunión" o "lugar donde se junta la gente”. Para la cosmovisión náhuatl, el tianguis no era solo una central de abasto; era una institución sagrada y civilizatoria que cumplía funciones fundamentales, el eje social donde se escuchaban las noticias, los matrimonios, etc.; un territorio de tregua custodiado por deidades como Xochiquetzal.

El miércoles de plaza es la sublimación del esfuerzo humano. Aquí, el campesino transforma el sudor en frijol, maíz, calabaza y flor; la mujer de Etla transforma la leche en hebras de quesillo. Es el arte de vivir convertido en un mercado, una obra de colores, olores y sabores que va más allá de los sentidos.

Cada paso es alimento para la vista, desde ver el pan en sus diferentes variedades, el queso,los chapulines, hasta las flores silvestres y las hierbas con las que curan las abuelas: como el pericón, el poleo, el té limón, la ruda y la albahaca. Es un desfile de vida donde conviven los guajolotes y los huevos criollos con las frutas que bajan de la sierra —manzanas, fresas, moras, duraznos y peras— trayendo consigo el aroma de la montaña.

Recorrer este tianguis es un manjar para la vida, pero también un reencuentro con nuestra herencia de tradición ancestral. Entre los puestos resaltan los trastes de barro, las ollas, canastos, los metates y molcajetes, objetos cargados de historia afectiva que conservan el sabor de la tatarabuela, la abuela, la madre, pues se heredan de generación en generación, como lo ha sido en mi familia. Quienes crecimos con el sonido de la piedra sabemos que no es solo una herramienta, sino un secreto: el sabor único y agradable que le agregan a las comidas es algo que la modernidad jamás podrá replicar. El mercado es, en esencia, el “In ixtli, in yollotl” (dar rostro y corazón) a lo que sale de nuestras manos (nahuatl).

Etla, el "lugar del frijol", ha sido siempre la entrada natural al Valle de Oaxaca, bendecida con suelo fértil y manantiales. El majestuoso templo de San Pedro y San Pablo, se construyó sobre el lugar de adoración de deidades prehispánicas y donde se realizaba el tianguis. Dicho sitio era el punto de encuentro de diversas naciones: zapotecos y mixtecos principalmente. Con la construcción del templo se declaró los miércoles como el día de plaza, convirtiéndose en lo que hoy conocemos.

Mientras en el mundo reina el neoliberalismo con sus divisas y consumismo, bajo la sombra del exconvento el tiempo se detiene y sobrevive el trueque. Es un lenguaje ancestral que se resiste a morir; si usted visita el tianguis de la villa de Etla podrá observar a las señoras de la sierra, mixtecas y zapotecas, intercambiando un manojo de hierbas por fruta, pan o unas tlayudas. En Etla, la moneda más valiosa sigue siendo la palabra y la labor compartida. Este y muchos mercados han sobrevivido a conquistas, pestes y crisis económicas; por eso, para mí, los mercados simbolizan y encarnan una resistencia.

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Esta colaboración es parte de la columna Lecturas para la vida. 

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