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¿Más día o menos sueño?


La revolución industrial cambió para siempre la forma de dormir en los seres humanos.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Rodrigo Velásquez Torres
En días pasados, mientras leía las noticias, en diversos portales apareció una investigación sobre la forma en la que dormimos los seres humanos. Dejando de lado los estudios psicológicos y psiquiátricos (aunque sin restarles nada de importancia), el estudio estaba más enfocado en la forma social en la que descansamos.

El sueño es parte fundamental para el ser humano (y para todas las especies vivas), tanto así que un tercio de nuestras vidas la pasamos dormidos; pero, ¿siempre hemos dormido igual?

De acuerdo con el investigador e historiador Roger Ekirch, profesor del Virginia Tech y del Instituto Politécnico y Universidad Estatal de Virginia en los Estados Unidos, la jornada de horas seguidas de sueño comenzó con la revolución industrial, en donde era necesario tener a los trabajadores despiertos el mayor tiempo posible de manera ininterrumpida, mandándolos a descansar menos de lo mínimo indispensable.

Después, con la invención de la bombilla, el ser humano pudo introducir el sol a sus habitaciones y hacer que fuera de día todo el tiempo, modificando para siempre la manera de dormir.  Según el investigador, antes de la revolución industrial, la manera de dormir de las personas era muy diferente.

Según entrevistas, cuando el investigador estaba preparando la escritura de un libro sobre la historia de la nocturnidad, había estado revisando registros desde la Edad Media hasta la Revolución Industrial en la Oficina de Registro Público de Londres, y mientras escribía el capítulo sobre el sueño, se encontró con declaraciones judiciales de hace 300 años (sobre un caso de asesinato) en los que se hablaba de manera muy natural de un “primer sueño”.

Esas dos palabras revelaban un detalle particular de cómo era la vida en el siglo XVII del que no se había percatado antes: Primer sueño, aquello implicaba necesariamente un segundo sueño, es decir, una noche (y sueño) dividida en dos mitades.

Durante los meses siguientes, Ekirch revisó archivos y encontró más referencias a este misterioso fenómeno del sueño doble, o sueño bifásico, como lo llamó más tarde. Algunas eran banales, pero otras eran siniestras, como las de Luke Atkinson, un hombre que a menudo usaba el tiempo entre sueños para cometer asesinatos. 

Cuando amplió su búsqueda, le quedó claro que el fenómeno estaba más generalizado y normalizado de lo que jamás hubiese imaginado; descubrió que el "sueño bifásico" no era exclusivo de Inglaterra: se practicaba ampliamente en todo el mundo preindustrial, encontrando relatos desde tribus brasileñas hasta medio oriente en los que se hacía referencia a sueño doble o bifásico.

La investigación arroja datos muy interesantes, sobre todo las evidencias literarias que hacen referencia al sueño en dos partes, las cuales están presentes en textos como "Los cuentos de Canterbury" de Geoffrey Chaucer (escritos entre 1387 y 1400), "Beware the Cat (1561), del poeta William Baldwin además de cientos en cartas, diarios, libros médicos, escritos filosóficos, artículos periodísticos y obras de teatro.

Así pues, gracias a la revolución industrial y la iluminación artificial, la cual se volvió más predominante y poderosa, además de alterar nuestro reloj biológico natural, se logró que las personas se quedaran despiertas más tarde, cambiando para siempre nuestra forma ancestral de dormir.

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