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Largo camino

Foto(s): Cortesía
Aleyda Ríos

Petra / última de dos partes

La abuelita se queda en silencio con la mirada fija en la ventana. La luna llena ilumina el amplio patio de su casa, donde una enredadera con racimos de flores moradas sube por el tronco de un árbol de ramas secas. Luego prosigue:

“Como me había indicado el guardia del anfiteatro, nos fuimos  a la comisaría. Sin ningún trabajo conseguí a dos canasteros, eran unos jóvenes fuertes y altos. Cuando pagué su multa, me dijeron:

"—Muchas gracias señora, ya llevábamos muchos días aquí, somos de Michoacán y no tenemos a nadie cerca para que nos ayude. Estamos para servirle.

“Los puse al tanto de lo que se trataba y contestaron:

"—Faltaba más. Vamos y Dios quiera que no esté ahí su familiar.

“Cuando llegamos ya estaban en la entrada varios conocidos y familiares de José, acompañando a la mamá y a Criselda, la esposa. Yo no entré; cuando salieron, las dos mujeres venían llorando. Tía Lucina me abrazó gritando y Criselda decía entre sollozos:

"—Luego, luego, reconocí su calzoncillo azul.

“Nadie sabía qué hacer y no tenían dinero. Uno de los hermanos dijo:

"—Pedimos prestado para el pasaje.

"—Espérenme aquí— les dije, y me dirigí a la funeraria.

“Pagué todos los gastos para que el cuerpo del difunto fuera llevado al pueblo. Ahí mismo, me despedí abrazando a las dos mujeres. 'Todo es más triste cuando hay pobreza', dice, haciendo un gesto de pesar.

“Después me contaron que cuando pasaron por San Andrés, el pueblo del difunto, ya estaba la gente en el camino esperando el cuerpo; querían que se enterrara ahí porque era donde había nacido. Se armó una discusión tan fuerte, que casi pasaron a los golpes. Tuvieron que apersonarse las autoridades de nuestro pueblo. Ante la cerrazón de los lugareños, en cuanto aclaró el día, fueron a la cabecera municipal por el cura de la región para que ayudara a  hacer valer el salvoconducto que llevaba el de la funeraria. La orden que la procuraduría había dado por escrito, era que el destino del cuerpo era la población de San José. El padre regañó a los inconformes por no haber prestado ninguna ayuda para rescatar el cuerpo de su paisano del anfiteatro, después de lo cual accedieron de mala gana a que la comitiva prosiguiera su camino.

“¡Pobre difunto!, además de los tres meses que pasó su cuerpo en el anfiteatro, todavía tuvo que esperar una noche y medio día  en la carretera, entre gritos y jaloneos, para poder descansar por fin en paz”.

 “—¡Jesús!  ya  pasan de las diez de la noche y yo aquí entreteniéndolos con mi plática. Vayan a dormir muchachos— dijo, señalándonos la escalera.

"Cuando estuvimos en nuestra habitación, nos admiramos de la lucidez de sus recuerdos, a sus 89 años. Ya casi cumplimos un año en su casa; como sus hijos viven aparte, accedió a rentarnos  una amplia pieza cuando llegamos de nuestro pueblo.

“—Me gustan los estudiantes— nos dijo. —Les daré la recámara más grande que tiene su baño privado”.

 

“Pagué todos los gastos para que el cuerpo del difunto fuera llevado al pueblo. Ahí mismo, me despedí abrazando a las dos mujeres”.

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