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La nube gris se niega a escampar: Black Killer

Foto(s): Cortesía
Aleyda Ríos

Petra

Noviembre 2010

En las paredes de la habitación, había vitrinas que exhibían trofeos y máscaras de luchador.

“Mira, Luz: esta máscara era de Blue Demon, me la regaló hace muchos años, cuando tuve la primera oportunidad de estar en una lucha preliminar profesional, en la que su pelea era la estelar de la noche, una de las últimas de su carrera. Este trofeo lo gané cuando fui campeón en un torneo internacional en Japón. Esta máscara, la perdí en una lucha contra El Solar, campeón guatemalteco, allá en Guatemala. Amadeus, ese era mi nombre de batalla y está mi máscara, eso fue un poco antes de regresar a Oaxaca”.

“La Arena México, El Toreo de Cuatro Caminos, El Pabellón Azteca, fueron algunos de los rings en los que conviví con mis ídolos de la lucha libre, entrené con ellos y en varias funciones estuve en las peleas preliminares. Me parecía un sueño, alternar con ellos”.

 “El Hijo del Santo, Blue Demon, Rayo de Jalisco. ¿Te imaginas codearme  con esos señorones de Ring que solo había visto en las películas que pasaban en la matiné del Cine Mitla, cuando era chamaco? Algunas veces, me senté en las butacas al lado de El Santo, entonces ya estaba retirado. ¡No me la creía! Fueron los mejores años de mi vida. Cuando regresé a Oaxaca, tomé un nuevo nombre, Black Killer, pero esta lesión de mi rodilla ya no me permitió ser el mismo”. Se quedó pensativo un rato, luego me dijo:

“Sabes, ahora voy a poner mi gimnasio, trae a tus hijos, les va a gustar. Yo los entreno”.

Ciudad de México

Muy joven,  contraviniendo la autoridad materna, Manuel emigró  a la Ciudad de México, antes Distrito Federal.  La enorme urbe se lo tragó por muchos años. Solo, buscando sobrevivir, trabajando en lo que fuera, con tal de que le quedara tiempo para entrenar y prepararse para lo que era su meta: ser luchador profesional. En la capital, cumplió la mayoría de edad al mismo tiempo que ganó un campeonato juvenil, el primer escalón de su sueño.

Oaxaca, 19 de octubre 2021

Eran las 9 de la noche, cinco llamadas del técnico de las cámaras de vigilancia. ¡Qué raro! Debe ser urgente, pensé. Marqué el número.

—Falleció el Killer!— escuché.

—¿Quién?

—¡El Killer!

—El Killer— repetí el nombre sin entender.  

—Manuel, Manuel Medina, tu vecino— dijo la voz.  Con estupor repetí:

—¿Manuel?— Y balbuceé —Lo saludé hace apenas hace un rato.

—Está muerto— repitió la voz.

La noticia corrió rápido en el barrio esa noche; algún vecino admirador tuyo, puso en un altoparlante una grabación que se escuchaba  muy vieja:

—¡Lucharaaán a dos de tres caídaaas, sin límite de tiempo…!

Mas de uno salimos a la acera, tal vez imaginando un ring a media calle y a ti ahí, preparándote para deleitar a grandes y chicos con esas suplex que eran tus llaves favoritas, en las que siempre aprovechabas los desplazamientos de tus rivales para con movimientos rápidos hacerlos caer.

Tu voz se pierde en mi memoria entre los objetos de las vitrinas y ganchos empotrados en la pared; parece que se aleja a confines invisibles, solo se escucha un eco: DEP.

 

“En la capital, cumplió la mayoría de edad al mismo tiempo que ganó  un campeonato juvenil, el primer escalón de su sueño”.

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