Benito Juárez, nacido en 1806 en San Pablo Guelatao, Oaxaca, fue bautizado y educado en la fe católica. Su familia pertenecía a la comunidad zapoteca y en su juventud se inscribió en el Seminario de la Santa Cruz en Oaxaca, donde inició estudios para sacerdote. Sin embargo, Juárez decidió abandonar la vida clerical y estudiar leyes, un cambio que marcó su camino hacia el liberalismo y la construcción de un México moderno. Aunque mantuvo respeto por ciertos ritos católicos —como su matrimonio por la Iglesia—, su vida adulta reflejó una convicción firme por la independencia del Estado respecto de cualquier religión.
Además, Juárez se integró a la masonería en 1847, adoptando el nombre simbólico de “Guillermo Tell”. Esta sociedad fraternal promovía la creencia en un Ser Supremo —llamado el Gran Arquitecto del Universo— y valores como la libertad de pensamiento, la mejora moral y social del individuo y los ideales liberales y nacionalistas. La masonería reforzó en Juárez la idea de un gobierno laico, capaz de garantizar derechos y libertades sin depender de la Iglesia.
Su legado más importante en este sentido fueron las Leyes de Reforma, que establecieron la separación Iglesia-Estado, crearon el matrimonio y el registro civil civiles, y promovieron la libertad de culto. Gracias a estas medidas, Juárez logró que México avanzara hacia un Estado laico, donde la fe es un asunto personal y el gobierno asegura igualdad para todos, sin privilegios religiosos.
En resumen, aunque Benito Juárez nació católico, su “religión” política fue el laicismo: la convicción de que el Estado debe ser independiente de cualquier institución religiosa para garantizar la libertad y los derechos de todos los ciudadanos. Su visión sigue siendo un ejemplo de modernidad y justicia social en México.
