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Inician las posadas: Del 16 al 24 de diciembre, barrios de Oaxaca recrean el peregrinar de José y María

Una posada navideña en un barrio de Oaxaca, donde los vecinos recrean el peregrinar de José y María durante las fiestas de diciembre.
Foto(s): Cortesía
Alexandra Zolorio

Cada diciembre, las calles de Oaxaca se llenan de luces, cantos y pasos que avanzan al ritmo de la banda. Son las posadas, una de las tradiciones más arraigadas de la temporada decembrina, que durante nueve noches —del 16 al 24 de diciembre— reúnen a familias, barrios y comunidades para recrear el peregrinaje de José y María antes del nacimiento de Jesús.

La celebración inicia con el recorrido de los llamados “peregrinos”, quienes caminan por las calles portando figuras religiosas, velas y faroles. El trayecto culmina frente a una casa donde, entre cantos, se escenifica la tradicional petición de posada. Desde el interior, los anfitriones responden la letanía hasta conceder el asilo, dando paso al momento central de la convivencia.

En Oaxaca, las posadas adquieren un carácter particular. No se limitan al acto religioso: se transforman en auténticas calendas navideñas, acompañadas de música de banda, bailes, canastas adornadas con flores y frutos, y, en algunos casos, monos de calenda que animan el desfile. Esta mezcla convierte la tradición en una fiesta colectiva que desborda las puertas de los hogares.

Tras la ceremonia, llega uno de los momentos más esperados: la ruptura de la piñata de siete picos, símbolo de los pecados capitales, que al romperse libera frutas y dulces entre risas y gritos, sobre todo de niñas y niños. La mesa también cobra protagonismo, con ponche caliente, atole, tamales oaxaqueños, buñuelos bañados en miel de piloncillo y otros antojitos que refuerzan el sentido de comunidad. Los aguinaldos, cargados de dulces, cacahuates y frutas de temporada, cierran la noche.

Aunque hoy forman parte esencial de la Navidad, las posadas tienen raíces que se remontan a la época prehispánica. En diciembre, los pueblos originarios celebraban el Panquetzaliztli, festividad dedicada al nacimiento de Huitzilopochtli, coincidente con el solsticio de invierno. Con la llegada de los españoles, esta celebración fue transformada por los frailes agustinos como parte del proceso de evangelización.

En 1587, Fray Diego de Soria instauró las llamadas “Misas de Aguinaldo” en el convento de San Agustín de Acolman, luego de que el papa Sixto V autorizara su celebración. En ellas se representaba el peregrinaje de María y José, se entregaban pequeños obsequios y se introdujeron las primeras piñatas. Con el paso del tiempo, y tras la Independencia, estas ceremonias salieron de los templos para instalarse en calles y hogares.

En Oaxaca, la tradición no solo sobrevivió: se reinventó. Al fusionarse con las calendas, las posadas adquirieron una identidad propia, más festiva y colectiva, donde la fe, la música y la convivencia se entrelazan. Así, cada diciembre, la historia vuelve a caminar por las calles, recordando que la Navidad también se celebra compartiendo.

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