Rodrigo Velásquez Torres
Comienza la cuenta regresiva para uno de los días más esperados por los mexicanos y en especial por los oaxaqueños: el Día de los Muertos. Si bien es cierto que la celebración actual tiene más vestigios de herencia española, es por todos reconocido que la veneración hacia la muerte data desde tiempos prehispánicos. Esta conmemoración es un fuerte ejemplo del sincretismo originario con el que vive gran parte del pueblo de México, mezclando pensamientos junto con tradiciones y dando lugar a festividades propias.
La mezcla y el intercambio de pensamiento son constantes entre personas, de tal manera que eventualmente siempre nos vemos influenciadas e influenciados por quienes nos rodean. La Teoría Científica General de Sistemas explica dicho fenómeno como natural e indispensable para la existencia misma, pues nuestros sistemas sociales se nutren de dichas relaciones para poder “ser”; en consecuencia, todo lo realizado por el ser humano es, eventualmente, transformado por dicho intercambio de información; así ocurre con las tradiciones, que a lo largo de la historia se han transformado como resultado de influencias extranjeras, que van desde el canto hasta la apropiación de personajes populares y demás.
La transformación de las tradiciones ha sido un proceso lento, pero constante en la historia; sin embargo, en los últimos años del siglo pasado y en lo que vamos del presente, se puede sentir una mayor presencia de dicha transformación; pues la aparición de nuevos modelos y tecnologías de comunicación han permitido la asimilación y el aceleramiento de nuevas formas de celebrar lo propio, modificando así la manera en la que se conmemoran y se sienten las tradiciones.
El Día de Muertos en un ejemplo muy vivo al respecto, ya que desde sus orígenes prehispánicos hasta la actualidad ha sufrido transformaciones considerables.
En la época prehispánica, los muertos eran conmemorados aproximadamente una veintena de días (un “mes” en su calendario) y en esas fechas recordaban a quienes se encontraban realizando su viaje al Mictlán. Una larga travesía en la que probarían lo valioso de sus corazones, para poder, por fin, descansar eternamente.
Con la caída de los ídolos y la llegada de la cruz, la celebración de respeto y recuerdo hacia los muertos adquirió la forma primitiva de la celebración actual, con los matices propios de la religión impuesta, quienes asociaron el viejo lugar de reposo con el infierno propio de su tradición. Recordemos ese detalle fundamental de diferencia: el Mictlán es un lugar de reposo eterno, mientras que el infierno católico es un lugar de castigo eterno; sin embargo, la confusión permanece hasta nuestros días.
Con aquella confusión de origen, la tradición de conmemorar a los muertos ha sobrevivido hasta nuestros días, en donde justamente atraviesa por otro fuerte proceso de transformación, quizá el más peligroso de todos, pues se ha llegado al exceso de comercializarlo y ofrecerlo como producto de consumo, en catálogos y carteles publicitarios, vendiendo un espectáculo de caras pintadas como una tradición milenaria, para la cual nos preparamos y que atrae a miles todos los años.
Afortunadamente, la verdadera conmemoración hacia quienes se han adelantado ocurre en la intimidad, alejados de la parafernalia y reflectores. En el universo privado de nosotras y nosotros, en donde de verdad les añoramos, ahí donde radica nuestra mexicanidad, ahí es el Mictlán mítico en donde descansaremos, cuando nuestra cuenta regresiva termine.
"La verdadera conmemoración hacia quienes se han adelantado ocurre en la intimidad, alejados de la parafernalia y reflectores".
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