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El anhelo de Sofía

Foto(s): Cortesía
Aleyda Ríos

Fausta Ibáñez Ríos / segunda de cuatro partes

Sofía también trataba de indagar por otros medios, aunque  tenía pocas posibilidades, pues los únicos lugares en que podía preguntar era en la iglesia donde acudía todos los domingos con su mamá y sus hermanitas; pero también tenía que ser obediente y permanecer callada; a pesar que esas palabras le taladraban la cabeza, Sofía no se resignaba a su situación.

Un domingo, durante la misa, escuchó  leer al sacerdote el evangelio según San Mateo 7,7-12: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'Pedid y se os dará, buscad y encontrareis, llamad y se os abrirá, porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre'". Escuchar estas palabras del sacerdote, le devolvieron la esperanza,  así que ni tarda ni perezosa, al llegar a su casa le preguntó a su padre  y a partir de ahí no paró de preguntarle, y otras veces se atrevía pedirle que la llevara, lo hacía sobre todo cuando él se  encontraba de buenas.

 A pesar que sus respuestas  no la sacaban de  dudas, pues le decía que dejara de preguntar y se limitara a obedecer a su madre, porque andar de ociosa y curiosa no le traería nada bueno, un día se atrevió a decirle a su padre que ya no iría a misa porque el sacerdote era mentiroso, porque a ella no le sucedía lo que él decía, pues solo quería saber y no le daban una respuesta; quería entrar a la escuela y no le abrían la puerta y que lo único que podía hacer era callar, obedecer y servir. Ese día, su padre le puso una tunda que Sofía no se pudo levantar de la cama en dos días y que recordaría toda la vida; se enojó tanto con él como con su mamá, pues le dijo  por qué no aprendía de su madre; cuándo había visto que  le rezongara o estuviera preguntando, y de  dónde había aprendido a rezongar.

Sofía comenzó a perder la ilusión de descubrir lo que había en la escuela y empezaba a conformarse y contentarse con los sueños que comenzaron a volverse frecuentes; le encantaba soñar, pues se sentía libre, veía muchos tesoros, personas desconocidas; a veces tenía largas charlas con quienes se le aparecían en sueños; después de soñar, al día siguiente la vida le parecía más ligera, se sentía alegre y mientras realizaba sus quehaceres continuaba reviviendo las imágenes de sus sueños. 

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