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Denarios: Rosario de cuentas blancas

Foto(s): Cortesía
Aleyda Ríos

Filiberto Santiago Rodríguez

11 de septiembre 2021// El automóvil corría a toda velocidad para escapar de las nubes a punto de desplomarse sobre el suelo hambriento de agua. Por momentos, la carretera era iluminada por los relámpagos, mientras que los rayos y los truenos hacían cenizas los corazones de las criaturas más débiles. Era como si Thor, el hijo de Odín, estuviera librando una gran batalla contra los gigantes mitológicos. El conductor fustigaba con su pie derecho los 400 caballos del Audi A8 color negro, mientras sus manos empujaban al volante, anhelando aumentar la velocidad.

A lo lejos, el ojo luminoso de una lámpara se balanceaba de un lado a otro en señal de auxilio. Adrián disminuyó la velocidad hasta detener el coche junto a aquel hombre que por su altura competía con los árboles más prominentes.  Con la luz azul de los relámpagos se adivinaba una barba descuidada y un reloj con extensible color oro en la muñeca izquierda. Una gabardina negra remataba su figura. 

Junto a él se encontraba una niña no mayor a 12 años, cuya cara tenía el color de los querubines que se encuentran pegados en las columnas de los templos.  De su cabeza de trigo, nacían dos coletas hacia los lados. Sus manos ágiles que parecían no tener huesos, jugueteaban con un rosario de cuentas blancas. 

—Buenas noches- dijo el extraño. -Me llamo Antonio y necesito ayuda. Mi auto se descompuso.

—Suba, lo llevaré a un taller que se encuentra más adelante— contestó Adrián.

Antonio se sentó en la parte del copiloto y Adrián no supo en qué momento la niña de las coletas se subió al asiento trasero. Solo se dio cuenta cuando sintió una profunda mirada a través del espejo retrovisor.

—Vaya forma de llover, pareciera que los muertos se han escapado de sus tumbas esta noche— dijo Adrián a manera de plática— ¿Y usted de donde viene?, si se puede saber.

—Fui a los funerales de mi hija, una niña de apenas 10 años— contestó Antonio con la garganta cortada por un llanto inmovilizado, y buscando en el bolsillo de su camisa dijo:  —Mire, aquí tengo su fotografía.

Adrián encendió la luz interior para ver la foto y en ese instante los frenos se hundieron hasta el fondo. Las llantas emitieron un chirrido agónico ante la herida funesta, recibida en lo más profundo de sus gargantas de hule negro. El Audi derrapó sobre la cinta de asfalto hacia un lado y hacia otro iniciando el baile de la muerte. Una vez estabilizado el auto, Adrián preguntó tartamudeando:

—¿Ella era su…su… hija?

—Sí— contestó Antonio.

Adrián buscó a la niña a través del espejo retrovisor, pero no la encontró. Un frío de muerte congeló su cuerpo y su boca, de donde ya no salió ninguna palabra, tan solo volvió a acelerar.

Cuando a lo lejos se perfilaron las luces mortecinas de un viejo y destartalado taller, frenó con violencia el auto y despidió de prisa a su extraño pasajero. Adrián se perdió en la oscuridad de la noche, sin embargo, no se había dado cuenta, que un rosario de cuentas blancas se encontraba solitario en el asiento posterior del Audi A8 color negro.                                                                             

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