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Denarios: La casa chata

Foto(s): Cortesía
Alejandra López Martínez

Petra

Cuando yo era niña, soñaba esa casa.  Pensaba que ahí vivía un ogro como el del cuento del frijol mágico; si no, ¿para qué tendría esos muros tan altos?, me decía cuando despertaba. También pensaba que dentro había jardines fantásticos, mariposas de colores y aves de todos los cantos. El sueño era recurrente. Seguro que ese día estaría fantaseando con jardines, hadas y hasta duendes, además del ogro. Eran los tiempos de la terrible matanza de estudiantes en Tlatelolco y de la llegada del hombre a la luna.

Pasaron los años y aquel sueño se fue alejando, hasta que un día no volvió más. A veces me acordaba de esas fantasías con algo de nostalgia, porque aquello parecía real.

Un día, tomé el transporte público que recorre todo el periférico de la ciudad. A su paso, había una gran cantidad de terrenos baldíos y otros de siembra.  Miraba distraída todo lo que bordeaba el camino. De pronto sentí una sensación extraña, algo de ansiedad, sorpresa e incredulidad. Mi corazón empezó a latir con prisa, aquello fue un verdadero “déjà vu". Ahí, frente a mis ojos estaba la casa que se aparecía en mi sueños de niña, rodeada de yerba y sembradíos de maíz. No podía creerlo, aquella casa existía. Pedí la parada al chofer del camión y bajé casi corriendo, crucé las vías del tren, pero lo tupido de la yerba y el maizal no me dejó acercarme más. Aún así, caminé por la orilla del gran terreno que la rodeaba y pude constatar que la casa estaba resguardada por altos muros. Tenia un gran portón de madera rematado por un volado de cantera que lo cubría de la lluvia. Como en mi sueños, no pude ver el interior, solo lo volví a imaginar. Era el año de 1977 y yo cursaba el primer año de bachillerato.

Hoy por la mañana, fui a caminar muy temprano, sin un rumbo definido. Sin darme cuenta, llegué hasta esa casa. Nunca me he propuesto averiguar nada sobre ella, ni cómo es su interior; quiero seguir imaginando que es tal y como la veía en mi sueños, habitada por un jardín fantástico y un ogro que puede subir hasta las nubes por la guía de una mata de frijol mágico.

Otros recuerdos llegaron también como una pesadilla.  Aquel día, en que vi por primera vez la casa, también vi de cerca el rostro oscuro de la muerte y el dolor. Llegué muy contenta a la prepa, por dos motivos. Uno, el descubrimiento de la casa de mis sueños infantiles y la otra, que seguramente ya habrían llegado los compañeros y amigos que habían ido al estado de Tabasco a una competencia de artes marciales. Al grupo del turno vespertino le había tocado en suerte, ir a participar. Nosotros, los del turno matutino, habíamos perdido en un volado la oportunidad de ir a representar a nuestra universidad a ese torneo regional.

Cuando entré al patio, me golpeó un aire salado de lágrimas y gritos. Estaban ahí padres, maestros, directores, alumnos y periodistas. La horrible noticia: el autobús de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca había sufrido un accidente, la mayoría de los jóvenes que ahí venían estaban muertos, casi todos, calcinados. A más de de cuarenta años, el recuerdo de esa pesadilla, aún me estremece.

“Aquel día, en que vi por primera vez la casa, también vi de cerca el rostro oscuro de la muerte y el dolor”.

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