Cada 18 de marzo, México recuerda uno de los actos más audaces de su historia moderna: la Expropiación Petrolera de 1938. Esa noche, el entonces presidente Lázaro Cárdenas del Río anunció la nacionalización de la industria petrolera, apropiándose legalmente del crudo que explotaban 17 compañías extranjeras. La decisión respondió a un conflicto laboral en el que las empresas se negaron a acatar un fallo de la Suprema Corte que favorecía a los trabajadores mexicanos.
El impacto fue inmediato. El gobierno mexicano, sin suficiente efectivo para pagar indemnizaciones, recibió donaciones de la población: joyas, monedas, gallinas y hasta sacos de maíz se unieron para compensar a las empresas expropiadas. En el Zócalo capitalino, miles de personas marcharon con ataúdes de cartón con los nombres de las compañías extranjeras, como “Huasteca” y “El Águila”, simbolizando su salida del país. Incluso el Reino Unido rompió relaciones diplomáticas temporalmente y se desató un boicot internacional que obligó a los ingenieros mexicanos a aprender a operar la industria prácticamente desde cero.
La expropiación dio origen a Petróleos Mexicanos (Pemex), fundado el 7 de junio de 1938, consolidando la soberanía energética del país. El peso se devaluó, pero la nación se mantuvo firme, pagando la compensación a las empresas estadounidenses hasta 1942 por 29 millones de dólares. Más que un decreto, aquel 18 de marzo se convirtió en un símbolo de independencia económica, justicia laboral y orgullo nacional, recordando que la valentía de un gobierno puede transformar la historia de todo un país.
Dato curioso: Cárdenas anunció la medida a las 10 de la noche, a través de la radio, mientras que la población, desde todos los rincones del país, celebraba un acto que aún hoy inspira a millones de mexicanos a defender sus recursos y derechos.
