- El Centro Histórico se llena de color, tradición y visitantes que llegan a celebrar la vida a través del recuerdo
Oaxaca viste sus mejores colores para recibir a miles de visitantes que comienzan a arribar en una de las temporadas más esperadas del año: el Día de Muertos. Las flores de cempasúchil ya perfuman las calles del Centro Histórico, los escaparates comerciales brillan con calaveras artesanales y las esquinas se convierten en escenarios improvisados donde turistas y locales detienen el paso para tomarse la foto perfecta. La ciudad se transforma sin prisa, pero con una energía que anuncia que la fiesta de los vivos que honran a sus muertos está por comenzar.
Desde muy temprano, los comerciantes colocan guirnaldas naranjas en puertas y ventanales. Hoteles, cafés, panaderías, tiendas de ropa y galerías se suman a la tradición. En algunos negocios se pueden ver figuras de catrinas gigantes hechas de cartón y papel picado que se mece con el aire fresco de octubre. Otras fachadas han optado por altares completos, donde veladoras, pan de muerto, fotos de difuntos y bebidas tradicionales cuentan historias que los visitantes observan con curiosidad. Cada detalle busca sorprender, aunque también comparte un mensaje: Oaxaca celebra a la muerte con vida.
La Alameda de León y el Zócalo, esos espacios que guardan la memoria de la ciudad, se convierten en un tianguis multicultural. Los ambulantes que llegan desde distintas regiones despliegan todo tipo de productos sobre lonas y mesas improvisadas. Hay diademas de flores que muchas niñas y mujeres se colocan para ser parte del ambiente. También brochas, pinturas y purpurinas para las “pintacaritas” que adornan rostros con catrinas, esqueletos o mariposas brillantes. Muy cerca se escuchan las risas de quienes esperan su turno para una caricatura que promete exagerar rasgos y dejar un recuerdo divertido del viaje.
El olor a antojitos no se queda atrás. Se fríen tlayudas en comales humeantes, se ofrecen elotes con chile y limón, y las nieves tradicionales refrescan la caminata de los turistas que todavía no se acostumbran al sol que cae directo sobre las piedras antiguas del centro. La gastronomía es una puerta abierta para conocer la cultura oaxaqueña y la temporada se convierte en un banquete continuo donde nadie quiere quedarse sin probar algo. El pan de muerto se suma a la lista de sabores que nadie debe dejar pasar. Los hornos no descansan para abastecer a los negocios que lo venden con azúcar, ajonjolí o relleno de chocolate.
Aunque el colorido domina la escena, la temporada también atrae a personas que ven en el turismo una oportunidad de obtener ingresos de cualquier forma. Jóvenes y adultos se instalan en esquinas estratégicas y piden dinero, apelando a la solidaridad festiva. Algunos cantan o realizan pequeñas presentaciones. Otros simplemente extienden la mano y esperan que el flujo constante de visitantes les deje algunos pesos. La diversidad de motivaciones convive en un mismo espacio, lo que genera una imagen compleja y humana de la ciudad en estas fechas.
Las noches ya comienzan a ganar en intensidad. La música se cuela desde bares y terrazas donde las luces violetas evocan la conexión con el Mictlán. En varios puntos del centro se observan escenarios listos para los conciertos y calendas que recorrerán las calles acompañadas por marmotas, monos de calenda y bandas de viento que contagian alegría sin pedir permiso. Los turistas siguen cada movimiento para grabar videos y subirlos a redes sociales. Oaxaca se vuelve tendencia con facilidad porque su tradición se narra sola en cada esquina.
No todo es espectáculo. Las familias empiezan a visitar mercados para comprar lo necesario para los altares de casa: velas, frutas, tejocotes, dulces tradicionales, mole, mezcal y flores que iluminarán el camino de quienes regresan del más allá. La festividad tiene un sentido profundo y la ciudad lo respira aunque esté llena de flashes y celulares levantados.
Cada año, Oaxaca recibe esta temporada como si fuera la primera vez. La arquitectura colonial sirve de telón mientras el bullicio turístico se mezcla con los pasos cotidianos de los habitantes que, pese al caos del comercio informal y el tránsito denso, saben que esta celebración es parte de su identidad. La ciudad se prepara para los días más intensos, del 31 de octubre al 2 de noviembre, cuando los panteones se llenarán de música, copal y recuerdos.
La fiesta ya empezó. El Día de Muertos toma forma en el corazón de Oaxaca con flores, sabores, risas, necesidades y tradiciones. Turistas y locales conviven para demostrar que la muerte no es ausencia. Es memoria viva que se comparte con orgullo en cada calle iluminada por el cempasúchil.
