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“El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed”

Una representación artística de Jesús conversando con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob, ofreciéndole el agua que quita la sed para siempre.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por P. Gregorio Gil Cruz Glz.

Evangelio: Jn. 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más sobre el brocal del pozo. Era cerca del mediodía.

Entonces llegó una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: “Dame de beber”. (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: “¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”(Porque los judíos no tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”.

La mujer le respondió: “Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?” Jesús le contesto: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él un manantial capaz de dar la vida eterna”.

La mujer le dijo: “Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla”. Él le dijo: “Ve a llamar a tu marido y vuelve”. La mujer le contestó: “No tengo marido”. Jesús le dijo: “tienes razón en decir: ‘No tengo marido’. Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”.

La mujer le dijo: “Señor, ya veo que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”. Jesús le dijo: “Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos. Porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque, así como el Padre quiere que se le dé culto. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”.

La mujer le dijo: “Ya sé que va a venir el Mesías. Cuando venga, él nos dará razón de todo”. Jesús le dijo: “Soy yo, el que habla contigo”.

Entonces la mujer dejó su cántaro, se fue al pueblo y comenzó a decir a la gente: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?” Salieron del pueblo y se pusieron en camino a donde él estaba. 

Muchos samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer: ‘Me dijo todo lo que he hecho’. Cuando los samaritanos llegaron a donde él estaba, le rogaban que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron en él al oír su palabra. Y le decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos  lo hemos oído y sabemos que él es, el Salvador del mundo”. Palabra del Señor.

San Juan nos presenta la experiencia del encuentro de la samaritana con Jesús. Nos muestra a detalle este encuentro porque quiere presentarnos a un Jesús que tiene necesidades humanas (hambre, sed, cansancio), pero que a partir de ellas revela otros dones superiores: el “agua viva” y el “alimento nuevo”.

La samaritana además de su personalidad singular, es una mujer representativa: simboliza y personifica a la región de Samaria donde se había dado culto a cinco dioses, representados en los cinco maridos que había tenido aquella mujer. Y el culto que daban a Yavé en la actualidad era ilegítimo, por no ajustarse al principio de un único templo. La samaritana simboliza a la región de Samaria y también a todos los buscadores de Dios  a través de los múltiples errores y equivocaciones de la vida. (Cfr. Comentario al Nuevo Testamento, La casa de la Biblia, p. 280).

La samaritana acude al pozo de Jacob a buscar agua; es la humanidad inquieta que busca su realización, la vida, la felicidad. Toda nuestra historia humana es una búsqueda inacabable, porque la insatisfacción profunda es una constante en el ser humano. Y la samaritana representa al hombre que quiere saciar la sed de la felicidad y de la vida con otras realidades que no son los bienes del cielo, los bienes superiores. Por eso Jesús le va develando a la mujer su propia identidad hasta llegar a la plena manifestación: “Soy yo el que habla contigo”, el que puede concederte el don de Dios. Aceptando la fe en Jesús; Samaria obtiene el séptimo marido, el verdadero, el que le dará la plenitud y le saciará la sed. 

En el diálogo Jesús nos enseña el verdadero sentido sobre la felicidad verdadera. La mujer ha vivido con cinco hombres, signo de la búsqueda inacabable y estéril de una felicidad pasajera, el agua que no sacia nunca la sed. Los 5 maridos representan los dioses que el pueblo ha adorado y que por tanto no son el Dios verdadero. Es la tentación del hombre de todos los tiempos de buscar en otras realidades: bienes materiales, placer, poder, la verdadera felicidad. Por eso Jesús nos revela cuál es la verdadera agua para saciar la sed humana: “El que beba  del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed”. 

En el dialogo, Jesús hace que la mujer tome conciencia de sus debilidades y carencias, y así poco a poco lo va aceptando como un hombre que tiene una fuerza transformadora; se convence y le pide que le de esa agua con la que nunca más volverá a tener sed: “Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed...”.  Y así, Jesús pasa de ser un hombre desconocido a ser el Mesías. Y la samaritana se convierte en un apóstol que lleva a los demás la buena noticia que ha encontrado. El que ha conocido a Jesús, vive de una manera diferente y su testimonio de vida es una luz para otros. 

El encuentro con Cristo transforma nuestra vida. A partir de una necesidad natural Jesús nos hace caer en la cuenta que los sedientos somos nosotros. Le dice a la samaritana: “Si conocieras el don de Dios  y quien es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”. Solo Dios puede saciar las aspiraciones más profundas del corazón. El agua viva que Dios nos da es su misma vida divina, la salvación, la alegría, el gozo y la paz. ¿Y qué nos impide conocer el don de Dios (el amor de Dios)? Pueden ser muchos los obstáculos: el egoísmo, el orgullo, la avaricia, etc. Por eso cuando logramos reconocer a Dios, como sí lo hizo la samaritana, y le pedimos humildemente que nos de esa agua, es decir, que sacie nuestra sed, no volvemos a tener sed, no necesitamos de nada que no sea Dios para saciarnos. Cuando conocemos a Dios y lo hacemos nuestro, lo amamos, nuestra vida cambia, se transforma, se convierte en un manantial capaz de dar la vida eterna, de dar alegría, fortaleza, paz. Tenemos por ejemplo a San Juan Pablo II o al Papa Francisco.

Cuanta necesidad tenemos de buscar a Dios, de reconocerlo, de alimentarnos de El, especialmente en la Eucaristía, en la meditación de su Palabra, en la oración, para que podamos ser el manantial capaz de dar vida, alegría y felicidad. Que en esta cuaresma nos dejemos encontrar por Jesús, que nos sintamos sedientos y necesitados de Dios.

Que esta experiencia de la samaritana nos motive a darnos la oportunidad de buscar a Dios, pues solo en él podemos encontrar la auténtica felicidad, sólo Dios puede saciar las necesidades y los anhelos más profundos del corazón. Solo Dios puede sanarnos, solo Él puede devolvernos el sentido de la vida. Dios los bendiga amigos. Feliz domingo.

@PGil_Cruz

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