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El lector furtivo / La muerte de Tanilo Santos

Foto(s): Cortesía
Redacción

Rafael Alfonso

Cuando un hombre cae enfermo, a diferencia de los animales, convierte el dolor en una experiencia emocional, como emocional es, en ocasiones, el alivio que puede procurarse. Mucho del consuelo que brinda la religión a los males corporales proviene de la misma mente del hombre enfermo, convencido de que el fervor con el que se pide puede inducir al milagro.

El cuerpo adolorido de Tanilo Santos necesita de la intervención divina para aliviarse de la extraña enfermedad sin nombre que lo aqueja con “…unas llagas así de grandes, que se abrían despacito, muy despacito, para luego dejar salir a borbotones un aire como de cosa echada a perder que a todos nos tenía asustados”.

Talpa, de Juan Rulfo, fue publicado originalmente en 1950 en el número 62 de la revista América y después formó parte de una de las dos obras que encumbraron a su autor, la colección de cuentos "El llano en llamas" (1953).

Tanilo Santos es la encarnación perfecta de lo tanático que tiene el fervor religioso, con el sufrimiento y el dolor como ofrendas para lavar los pecados. Por otro lado, Natalia, su mujer, dueña de un cuerpo vital y palpitante, cuida y procura, conforme a la tradición y las costumbres, al marido en su padecer. 

Desde el inicio de su enfermedad, Tanilo suplica lo lleven a Talpa donde se encuentra la virgen más buena de todas (según el dicho de Natalia) para pedirle que lo sane. 

Así Tanilo, su hermano y su mujer inician una peregrinación como las muchas que hay en el país, llenas de fe, rayando en el fanatismo. Durante el trayecto, los peregrinos van cumpliendo religiosamente con las penitencias de cada jornada, pernoctando a la intemperie a pesar de las fiebres y dolencias del enfermo.

Es aquí donde inicia la tragedia, pues los calores de la tierra se juntan con los calores del cuerpo y el hermano de Tanilo, nos confiesa en su relato,  cómo se encuentra con el cuerpo de Natalia, su cuñada, ocultos a la vista del hermano enfermo que se pudre en vida.

Por si fuera poco, al integrarse a ese “hervidero de gusanos” que es la muchedumbre devota, las pretensiones autoflagelantes de Tanilo van más allá: se venda los ojos, avanza de rodillas, se cuelga unas pencas de nopal a manera de escapulario, se calza una corona de espinas y al final, contra todo sentido común, se mete entre los danzantes  con la esperanza de que la Virgen voltee a mirarlo y lo cure, o lo quite de sufrir.

El triángulo amoroso de Talpa, será el alivio momentáneo de ciertas fiebres, sin embargo, de la misma forma condenará a la pareja adúltera a un desasosiego eterno. No por el adulterio en sí, sino por el desenlace lógico de la víctima y la clara conciencia de que someterlo a las inclemencias de un viaje brutal no era la mejor forma de ayudarlo.

Al fin y al cabo, siendo un relato confesional, el narrador termina —o comienza— por declarar: “Porque la cosa es que a Tanilo Santos entre Natalia y yo lo matamos”.

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