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El lector furtivo / Boy. Relatos de infancia

Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Rafael Alfonso
Después de una larga estancia internado en St. Peters, un colegio que se preciaba de inculcar una férrea disciplina entre sus educandos, el pequeño Roal Dahl regresó a casa para pasar unas placenteras vacaciones de navidad con su familia. “Casi vale la pena irse por lo delicioso que es volver”, rememora el autor. Así inicia el relato titulado “Un paseo en automóvil”.

Roald Dahl es uno de los autores más célebres de la llamada literatura infantil y juvenil. Nacido en 1916 en Gales inició su carrera como escritor en los años 40. Su primer éxito global fue Charlie y la fábrica de chocolates en 1964, y a éste le siguieron títulos como Las brujas y James y el melocotón gigante, mismos que han sido llevados a la pantalla para hacer las delicias de niños y adultos por igual.

Un paseo en automóvil está contenido en Boy (Relatos de infancia), que el británico de ascendencia noruega publicó, ya como autor consagrado, en 1984. En este libro Roal Dahl hace un relato autobiográfico de sus primeros años, aunque él mismo prefiere llamarlo simplemente “recuerdos de una infancia colmada de diversión”.

Regresamos a la anécdota navideña del también autor de Matilda: Aunado al placer de un tiempo benigno —ya que los británicos desde niños aprecian mucho el buen clima— el pequeño Roald se encuentra con la sorpresa de que la familia ha adquirido su primer automóvil. Corre el año de 1925 y los automóviles no son las sofisticadas máquinas de hoy en día. 

El De Dion-Bouton largo, negro y descapotable, es tan sencillo en su manejo que su hermanastra lo conduce después de haber recibido dos lecciones de 30 minutos cada una. Los niños hacen prometer a la joven conductora que ha de llevarlos a 60 kilómetros por hora y en un auto repleto de niños, hermanos y hermanastros, inicia el trágico paseo.  

El lento y pesado automóvil transita plácidamente por las calles del poblado. La conductora, a la usanza de la época, porta guantes y un pañuelo sobre su cabeza y suena prudentemente la bocina cada vez que se atraviesa con un cristiano. Todo transcurre con relativa calma hasta que las ansias de emoción hacen que los niños azucen a la hermana para pisar el acelerador. 

Ella sube la velocidad, primero a 20, luego a 25, luego a 30 hasta que corriendo a 35 millas —unos 55 kilómetros por hora— el auto se enfrentó a una curva cerrada. 

Después de derrapar para caer en un seto, y de que todos los ocupantes atravesaran los frágiles cristales de los parabrisas el narrador nos dice: “milagrosamente nadie salió herido de consideración… salvo yo mismo”. Así fue como el futuro autor británico perdió su nariz a la tierna edad de 9 años… bueno, en realidad no la perdió del todo, sino que, tras el accidente, la nariz le quedó colgando de un hilillo de piel. —“¡Santo cielo! ¡Se la ha cortado de raíz!” —exclamó el doctor Dunbar quien recibió al herido y, en una operación de urgencia, le volvió a colocar la nariz en su lugar.

Estas y otras anécdotas las encontrarás en el libro Boy (relatos de infancia), un título que los fans del novelista galés no podrán dejar de leer.

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