Mónica Ortiz Sampablo
Había escuchado la historia de la mujer a la que acusaron de hechicería más de una vez; pero esa noche, en boca de la tía Sandra era excelsa; a ella le gustaba hablar de monstruos, duendes, brujas, hechiceros; lo hacía casi como mi abuelita, sólo que ella daba mucho miedo cuando contaba historias; tenía una peculiaridad: una vez que estábamos bien metidos en la historia, lanzaba un alarido lastimero que nos hacía gritar de espanto. Esa tarde había llegado a la casa.
La mujer del relato se llamaba Soledad, era una hermosa mulata; llegó a Córdoba, Veracruz, procedente de quién sabe dónde; tenía el don de curar desde un simple empacho en los bebés, hasta el mal de amores con sus brebajes, pócimas y esencias. Amada por unos, odiada por otros. Cierta noche, al finalizar sus trabajos, tocó a su puerta el Alcalde del pueblo; llevaba un brillo singular en la mirada que anunciaba su determinación; el hombre estaba perdidamente enamorado de ella; su estrategia consistió en halagarla para después decirle que había escuchado hablar muy mal de ella; acto seguido se arrodilló y le pidió que se casara con él; ella, sin mayor aspaviento, dejó salir un seco: no.
El hombre no insistió, quedó gélido ante la respuesta, le profirió maldiciones, se dio la vuelta y se marchó. La mulata se sentó frente a la puerta, sus ojos intensos no despegaron la mirada del cerrojo; pasada la media noche, los hombres del alcalde entraron por la fuerza llevándosela sin que ella pudiera resistirse; la trasladaron a una mazmorra en San Juan de Ulúa, acusada de hechicería, condenada a ser quemada viva en leña verde. En la celda encontró un trozo de tiza, comenzó a dibujar un barco en el muro; el silencio y la penumbra fueron sus aliados hasta que la obra fue concluida. Entonces llamó al vigilante, quien acercó la luz; el hombre quedó atónito ante aquella obra de arte.
-Acércate más y mira bien. ¿Qué le falta al barco?- dijo Soledad.
El hombre respondió:
-Es hermoso, pero sólo le falta andar.
Entonces, la mulata trepó en el barco y entre risas respondió:
-Pues míralo andar
Y desapareció.
"Su origen y su fin fueron devorados por la noche", exclamó mi tía Sandra, mientras con una vara hacía un extraño dibujo en el piso de tierra.
