Érika P. Buzio/Agencia Reforma
CIUDAD DE MÉXICO.- Por la calidad de trabajo, Juan Pascoe enorgullecería a los impresores novohispanos y al propio Gutenberg. Meticulosamente trabaja en su taller, cerca de Tacámbaro, Michoacán, en un viejo trapiche que acondicionó para alojar sus prensas, atendiendo a un oficio que lo ha mantenido ocupado por cinco décadas.
Un "medio siglo irrepetible" ejerciendo la imprenta artesanal, según publicó en Twitter el pasado 16 de agosto. Y lo celebra con un impreso de “il Sommo Poeta”, el supremo Dante Alighieri, a 700 años de su muerte, con traducción y prólogo de Francisco Segovia.
Su primer intento en el oficio, recuerda, corresponde a una carta "frívola y presumida" a su hermano Ricardo. La fecha está clara en su memoria: el 16 de agosto de 1971 sacó un rol de pruebas. Y ya había, según sus propias palabras, el deseo de un comienzo en serio, y armó e imprimió dos textos: una cita de Joseph Rudyard Kipling a través de Jorge Luis Borges, y otra del farmacólogo griego Dioscórides, de un libro de su abuelo.
Eran los inicios del célebre Taller Martín Pescador.
Imprimió las primeras obras en una prensa Washington que había llegado a la casa familiar, en Mixcoac, y luego empezó a alternar con una Vandercook que había pertenecido a la escritora Carmen Boullosa.
Sabe que su modo artesanal de trabajo no es un verdadero negocio, al ser imposible competir con la velocidad y economía de las imprentas electrónicas modernas, pero lo suyo es otra cosa.
"Es una actividad artística que sueña con crear impresos de calidad: impresos que tanto Gutenberg como los antiguos impresores novohispanos reconocerían como parientes. No se busca hacer obra de antaño tampoco, obra de anticuario, sino obra moderna con la mejor tecnología manual", precisa a Reforma.
Pascoe cumplió 75 años el pasado 21 de septiembre, nacido "de manera circunstancial" en Chicago, Estados Unidos. Estudió Letras y, con Harry Duncan, impresor artesanal de poesía moderna, cursó un año de aprendizaje tipográfico, entre 1970 y 1971, en The Cummington Press, en Iowa. Según su propio relato, fue ahí donde comenzó a manejar las prensas manuales, tanto de pedal como de palanca, así como a distinguir las familias de letras y a componer textos. Y también aprendió a leer los libros con el ojo de un "hacedor de libros".
Cuenta que un día Duncan lo despidió diciéndole: "Lo mejor es que la época del libro impreso ha llegado a su fin y que no existe ya quien tenga la autoridad para juzgarte: podrás violar cuanta regla quieras".
Pascoe se propuso imprimir en México, impulsado por varias razones: "A pesar del brillante momento literario, no veía a ningún impresor que trabajara a mano". No tenía tampoco manera de comenzar en Estados Unidos; la casa familiar estaba en Mixcoac, y dudaba de poder aportar algo en idioma inglés, "después de casi un siglo de tipógrafos geniales", mientras que "el castellano americano había sido secuestrado por las mediocres letras comerciales".
Al igual que Duncan, su mentor, Pascoe también ha contribuido con la poesía. Además de publicar el primer libro de Roberto Bolaño, Reinventar el amor, aparecieron con el Taller Martín Pescador los primeros trabajos de Boullosa y Segovia, así como de José Luis Rivas y Verónica Volkow.
Interviene su propio gusto literario al decidir qué se publica: "Es la única manera de mantener interés en un trabajo tan minucioso: ejercer el gusto literario. Por lo regular hago lo que quiero, y en pocas ocasiones pongo el taller a disposición de otros intereses".
Con Verónica Murguía y David Huerta realiza, desde su imprenta, el proyecto Cuadernos del Armadillo, uno de tantos trabajos destacados. Lleva un listado de sus impresos, y según su recuento, va en el número 840, con tarjetas de nacimientos, bautizos y cumpleaños; invitaciones a primeras comuniones, bodas, exhibiciones, conciertos, fandangos y fiestas; reuniones políticas, esquelas, ex libris, tejuelos; carpetas de arte, carteles, folletos y, por supuesto, libros.
¿Poesía e impresión artesanal van de la mano?
Es posible que ese hecho tenga que ver con la concentración del lenguaje poético; esto hace más eficiente el espacio que el texto ocupa en una página. En mi caso, también imprimió libros en prosa.
¿Ha hecho caso del consejo de Duncan de romper cuanta regla quisiera?
Quizá los "libros de artista" se hacen para mirarse; los "libros" en sí son para leerse, y los lectores, por comodidad, por costumbre, no admiten cambios drásticos en sus plataformas: de ahí que cuando se habla de libertad, eso se lleva a cabo en los detalles minúsculos de la construcción.
Un ejemplo: en 1988, en el marco de los 450 años de imprenta en América, imprimí un libro, “Escripturas de convenençia”, los tres contratos entre Juan Cromberger, el impresor sevillano, y Juan Pablos, el operario que vendría a la Nueva España para establecer la primera imprenta.
Mi idea era formar un libro antiguo, un libro que podría haber sido el primer texto impreso en México envuelto en un libro moderno. El libro exterior lleva la numeración en arábigos, y el interior en romanos, pero el paso del uno al otro atraviesa una página en blanco sin número alguno, y el libro interior comienza su numeración en una página impar, con un número par, y sólo vuelve al modo correcto al final, cuando se pasa de nuevo, por una página sin número, al libro exterior.
Otro ejemplo: “La obra de Enrico Martínez” (1996) no lleva una portada interior sino solamente lo que consigna el forro exterior: para subrayar que no se conocen aún los documentos que algún día podrían salir a luz, así es que no puede haber un comienzo formal.
¿Por qué bautizó a su imprenta Taller Martín Pescador?
Quería que fuera "taller" en lugar de "imprenta", porque a mis 25 años no sabía qué otros intereses podrían surgir en mi futuro: cerámica, tejidos, escultura, carpintería. No quería ningún nombre que significara algo, que tirara línea política o estética. No quería un nombre en lenguas indígenas, difíciles de escribir, siempre requiriendo explicación; quedaban los animales. El día que una amiga trajo una lista de posibles nombres, estaba de visita Bolaño. Cuando ella leyó: "Taller Martín Pescador", él dijo: "Ahí tienes; ¿qué más quieres?".
¿Podría describir su ex libris?
No tengo un "ex libris": entiendo que la vida humana es corta, y la vida de los libros es (puede ser) larga; deben de estar libres de cambiar de dueño, de biblioteca, sin cargar con los intentos de inmortalidad de ningún fulano.
No tengo una gran colección de libros, y se me hacía pretencioso marcarlos, como los patrones antes herraban a sus esclavos, para que durante su existencia tenga que estar recordando la mía. Dicho eso, hace años imprimí 20 o 25 tiritas, lo más modesto posible, semejantes a los tejuelos que se pegan en los lomos de los libros encuadernados, con mi nombre: las pegué en algunos libros, pero se agotaron, me avergüenzo del intento de hacerlos míos, y nunca hice más.
¿Cuál es su mayor satisfacción tras medio siglo como impresor artesanal?
Haber podido hacer lo que imaginaba como posible, y otras muchas cosas que no tenía previsto, y haber sobrevivido medio siglo sin mayor apoyo externo, ni fortuna ni fama.
La música, ese otro gozo
En la cocina de su casa, Pascoe guarda un ánfora fandanguera antigua inglesa, regalo de sus padres cuando cumplió 21 años. Según su propio recuerdo, durante décadas la llevó a Tlacotalpan para celebrar con sus compañeros músicos el término de un buen son.
Aquel mundo también era el suyo: Abandonó en 1980 durante siete años el Taller Martín Pescador para irse de gira con don Arcadio Hidalgo y el grupo Mono Blanco. Pero, al cabo del tiempo, entendió que su destino era la imprenta.
¿Qué significó Mono Blanco en su vida?
Duncan dijo que la más compleja y bella actividad del ser humano era la poesía, y él era, ante todo, un impresor imaginativo y moderno de la poesía norteamericana. Pero, mientras él decía eso, yo pensaba que la actividad humana por excelencia era la música. Tener con quién ejecutar piezas de música, del género que fuera, formar parte de un grupo de música, era uno de los gozos mayores de la existencia. Eso aumentaba en potencia si ese grupo desarrollara una presencia comunitaria: Ahí se mezclaba el placer interior de la música con el fomento exterior de aspectos positivos y creativos en los pueblos.
La vida del grupo Mono Blanco era completamente opuesta a la vida del Taller Martín Pescador, recuerda.
"Desde el comienzo de una presentación, se captaba el encanto del público, el aplauso era verdadero y era entusiasta, pero esa obra sonora se disipaba en el momento que uno salía de la puerta trasera del teatro, al aire frío y polvoriento de la noche, en busca de algún restaurante para cenar quesadillas.
"En la imprenta no existe ese aplauso, o quizá sea muy lento; alguien me puede decir 10 o 15 años después: 'Oye, qué bonito te quedó tal libro'; es poco frecuente. Pero cada impresión que uno hace, cada pliego que pasa por la prensa es un momento de la existencia hecho visible, es tiempo capturado. Cada entrada en mi bibliografía representa una edición, quizá de 300 ejemplares, o 100 o 25. A la vez que voy gastando las posibilidades de tiempo en mi vida, va creciendo el cuerpo de lo que hago".
"En la imprenta no existe ese aplauso, o quizá sea muy lento; alguien me puede decir 10 o 15 años después: 'Oye, qué bonito te quedó tal libro'; es poco frecuente. Pero cada impresión que uno hace, cada pliego que pasa por la prensa es un momento de la existencia hecho visible, es tiempo capturado”, Juan Pascoe.
