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Cuento infantil: Conejito que vives en la luna

Foto(s): Cortesía
Redacción

Luis Enrique Sabino

Sucedió hace miles de años, cuando la luna todavía mostraba su cara limpia, de cutis terso y cachetes plateados, sin esa cicatriz en forma de conejo que acostumbra mostrarnos ahora en nuestros días. Era una de esas tardes venturosas de noviembre en que la llanura se torna amarilla con las florecillas de muertos y en el cielo las nubes se amodorran por el soplo gélido de las corrientes otoñales.

La nopalera más antigua del Valle de Tlacolula convocó a un magno encuentro de nopales. Estaban todos ellos muy preocupados por el excesivo consumo de tunas que habían venido notando desde hacía unos meses. Sus voces y opiniones fueron llevadas y traídas con la ayuda generosa  del viento y a cada quien se le permitió narrar sus experiencias. La nopalera de Lachigolo dijo que no le quedaba ni un sólo fruto y no creía posible producir ninguno más en lo restante del año. Un pequeño nopal, en las inmediaciones de Yagúl, manifestó el desencanto de no poder mostrar ni una sola tuna desde que maduró, pues si durante el día una de sus flores comenzaba a transformarse en fruto, durante la noche desaparecía antes de siquiera alcanzar un buen tamaño de tuna. La nopalera de Tlacochahuaya sentenció:

“Hay un ladrón empeñado en lograr la desaparición de nuestra estirpe y dejar a las aves y demás animalillos sin el sustento que nosotros les proporcionamos. Hermanos nopales, debemos dar con él y detenerlo de alguna manera”.

Uno a uno, los nopales fueron mencionados a los posibles culpables. Alguien habló acerca del zorrillo, gran consumidor de tunas, pero era bien sabido su rechazo hacia el fruto en las últimas semanas debido a ciertos problemas intestinales. Luego analizaron la situación del pájaro carpintero, del correcaminos, del zorro, del coyote, de muchos animales más, y todos estuvieron de acuerdo en que las costumbres alimenticias de estos no representaban un peligro para la producción de tunas. 

 

Discutieron y discutieron, sin llegar a ninguna conclusión durante largo rato; tanto que la luna tuvo tiempo de llenarse plena y subir alta en el cielo. Alarmados ante la posibilidad de quedarse sin sus frutos y después desaparecer al no contar con semillas, los nopales comenzaron a entrar en pánico y muchos propusieron no permitir que los animales siguieran alimentándose de ellos. 

Pero la única forma de defensa con que contaban eran las espinas salientes de sus pencas, las cuales los animales ya habían aprendido a eludir. El viento, conmovido, se ofreció para convertir esas púas en saetas con ayuda de su soplido. Sin embargo, el que nadie comiera tunas también los ponía al borde de la extinción, porque sus semillas ya no tendrían manera de diseminarse con el excremento de los comedores. 

Así llegaron a un punto donde la discusión se empantanó. Permanecieron callados y cavilando, sin darse cuenta que desde la salida de la luna, un alegre conejo había estado traga y traga tunas. Corría de una nopalera a otra, atiborrándose la abultada panza, mientras escuchaba los desalentados rumores llevados por el viento. Ya casi terminaba con las tunas de la nopalera más vieja, cuando esta notó su presencia y dio la voz de alarma. Inmediatamente los demás nopales reconocieron en el conejo al más glotón de todos sus consumidores y lamentaron no haberse dado cuenta antes. 

Por ello, sin demora y al unísono, con ayuda del viento y sin previo aviso ni acuerdo, soltaron las púas de sus pencas para hundirlas en el trasero del conejo. Este, al sentir el tremendo dolor de miles de espinas clavándose con furia en sus carnes, pegó un salto como nunca lo había hecho. Fue un salto descomunal que lo llevó a estrellarse con la luna y allí quedó pegado para siempre. Por eso es que ahora podemos ver a ese conejo sentado cómodamente en la cara de nuestro satélite. Dicen que cuando saltó, alcanzó a llevarse una penca de nopal y que ese nopal, tan acostumbrado a la sequía, prosperó en la tierra árida de la luna. Por eso ahora, de vez en vez, el conejito le concede al niño que se lo pide cantando, una tuna de su nopal personal.

Si quieres hacer la prueba, entona esta pequeña estrofa cuando la luna esté llena y alta en el cielo:

Conejito que vives en la Luna

regálame una tuna,

pues la mía cayó en la laguna

y no tengo ni una.

 

Luis Enrique Sabino nació en la ciudad de Oaxaca, en 1967. Ha publicado en la revista Cantera Verde, en las antologías Oficio de Cantera, Mano de Obra y Cartografía de la Literatura Oaxaqueña. Fue miembro fundador del taller literario de la Biblioteca Pública Central de Oaxaca.

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