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Cuando el escenario se torna político: La música y la moral

Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Inara Farrera Cruz

En la primera de esta serie de notas, hablé sobre lo que representó culturalmente el show de medio tiempo del Super Bowl, donde Bad Bunny se presentó junto a Lady Gaga y Ricky Martin. Sin embargo, algo que no pude pasar por alto mientras miraba el espectáculo fue que mi padre, fanático del fútbol americano, me dijo que no podía creer que me emocionara por ver a Bad Bunny en el medio tiempo.

Su comentario resonó en mi cabeza un momento y pensé “¿No pasó lo mismo hace años atrás con el Heavy Metal y el Hard Rock?”. Si no mal recuerdo, muchas personas mayores consideraban el rock como algo satánico, música del diablo que las y los jóvenes no debían escuchar. Sucedió así cuando artistas como Ozzy Osburne, Ratt, Kiss, etc., vivieron su momento estelar.

La estética de la provocación

En los años 80’s y 90’s, el apogeo de estos géneros musicales representaba algo inimaginable para las y los adultos, sobre todo por su rebeldía ante la religión y ante las normas del sistema establecido. Cómo olvidar portadas como aquella donde Ozzy mordía la cabeza de un murciélago y esto se interpretaba como parte de la “devoción hacia el ocultismo” que profesaban las estrellas del rock más duro. Por razones como esta no era difícil encontrar a personas que argumentaran que era “música del diablo”.

Hoy en día, pareciera que en la época donde vivimos, tan moralista, el reguetton paso de “Gasolina” a “Yo perreo sola” conservando los rasgos de sexualidad y deseo explícito, rompiendo esquemas de género y de “cómo deben ser” las relaciones entre dos personas.

No es la primera vez que la cultura reacciona con “horror” ante lo nuevo, la crítica de la vulgaridad de las canciones actuales del reguetton pareciera que va en sintonía con lo que vivió el hard rock con el estigma de lo “satánico”, donde las estrellas del género fueron acusadas de ser “mensajeros del mal” por hacer uso de una estética que reflejaba la rebeldía hacia lo establecido y los valores de aquella época (no muy lejana a la nuestra). Al igual que Ozzy —quien fue el 'chivo expiatorio' de una generación que temía perder a sus hijos ante lo “oscuro”—, Bad Bunny es hoy el blanco de quienes temen que la identidad y la sexualidad perviertan a los más jóvenes liberándolos de las etiquetas tradicionales.

Una tendencia a no moverse

Hay una resistencia al cambio, el Yo prefiere quedarse en lo que conoce (aunque sea antiguo) que frustrarse con lo que significa abrirse a estas nuevas expresiones musicales y culturales que muchas veces se niega siquiera a escuchar. Quien así se expresa, no está defendiendo la "buena música", sino que está defendiendo su propia rigidez. Es la tendencia a no a moverse la que prevalece.

El mundo cambia de manera constante, no es una pieza de museo que permanezca estática. La música cambia porque las necesidades y los fenómenos psíquicos que dan inspiración a los artistas, aunque en el fondo sean los mismos, necesitan siempre nuevas formas de expresión y de comercialización. A esto sumemos que Bad Bunny ha usado su voz para dar visibilidad a algunas grietas sociales existentes y para apoyar diferentes protestas que, tal vez, son consideradas “inmorales” para otras personas.

¿Quieres saber más? Pide informes a los teléfonos 951 244 7006 / 951 285 3921 y ¡Hazte escuchar por un psicoanalista del INEIP A.C.!

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