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Crónica de una levantada de cruz

Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Isabel Guzmán Ruiz

Desde niña había escuchado de la levantada de cruz que se hace a los nueve días después del sepelio de una persona, ritual que llevan a cabo los católicos en las distintas regiones de Oaxaca. Me recuerdo varias veces acompañando a mis abuelas o a mi madre. Curiosamente, no tengo memoria de la participación de mi abuelo o mi padre (los varones de la familia) en este ritual, en el que, además de familiares, llegaban compadres y vecinos. Al final de los rezos se suelen ofrecer alimentos a los asistentes.

El territorio que habitamos

Hace un par de años mi abuelo falleció y por primera vez, me correspondió ser anfitriona y doliente. Hoy me tocó estar de nuevo ahí, de pie en una levantada de cruz. Ahora fue una prima amada por quien nos reunimos. Miré ese diseño de arena en el suelo con la imagen de la virgen de Juquila, a quien ella se encomendó hasta el final de sus suspiros, y entendí cosas que antes, con menos camino de vida, simplemente no podía ver.

Ese tapete de arena abraza con sus formas y colores al que ya no está, a la familia y a los dolientes, ya que, también está hecho con la cruz de cal que, como parte del ritual, recibió al cuerpo en el piso a minutos de su fallecimiento. No pude evitar pensar en cómo nosotros mismos somos eso: un puño de tierra, venimos de ella, subsistimos de ella y volvemos a la misma. Con el paso del tiempo he entendido que el cuerpo es el primer territorio que habitamos; es una maquinaria perfecta, pero frágil.

La importancia del acompañamiento en el duelo

El compadrazgo es muy importante en estas circunstancias. Mientras la familia directa llora la pérdida, son los compadres o comadres de cruz quienes toman la responsabilidad. Son ellos quienes recogen la arena recordándonos que la muerte no es un fin, sino una transición que requiere un mapa y un acompañamiento. Esta arena con la cruz de cal donde estuvo el difunto simboliza el vínculo entre la materia y el espíritu. Se cree que la arena recoge los pasos y la sombra o energía del difunto para que no se quede atrapada en el mundo de los vivos.

Para nuestros antepasados la muerte era un viaje en el cual el alma tardaba nueve días en desprenderse totalmente de la materia y de los lugares que amó. Los nueve rezos del novenario coinciden, curiosamente, con los niveles del inframundo que el alma debía sortear para llegar al descanso eterno.

La trascendencia del ritual fúnebre

Termino estas líneas compartiendo que, con base en mis conocimientos, nuestras costumbres son también tecnologías de salud mental que nos han mantenido unidos por siglos, en breve explico por qué. En una de las obras de Freud, Tótem y tabú, se describe el duelo en estos términos: el deudo (el que sufre la pérdida) se somete a restricciones castrantes (entre ellos el luto, ayuno, rezos interminables y el aislamiento), no por una orden divina, sino por una necesidad psíquica de expiación (borrar, reparar o satisfacer la culpa de una falta, pecado o delito a través del sacrificio). Freud, hace referencia a que el deudo siente una hostilidad inconsciente hacia el difunto, quizás por haberlo dejado solo o por cuentas pendientes.

Los rituales del novenario y la levantada de cruz, con sus rezos y renuncias, sirven al doliente para canalizar la culpa, el rito tradicional ayuda al Yo a enfrentar el vacío insoportable, le da un espacio al dolor para ser gestionado. Lo valioso de esta costumbre —que cada día se va perdiendo— es que se trata de una construcción psíquica que nos ha auxiliado a sobrellevar el desconsuelo de la ausencia.

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*Esta colaboración es parte de la columna Consultorio del alma, cuenta conmigo. 

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