Sofía Pech Lartigue
De repente, el sembradío y todas las plantas de alrededor comenzaron a tornarse en un tono grisáceo, comenzaron a derrumbarse con sólo tocarlas, la tierra ya no era fértil y el ganado ya no producía nada.
Tres días después de este acontecimiento ya no había plantas, los pocos árboles que quedaban apenas se mantenían en pie, el único animal que quedaba en la provincia era la mula. Aunque antes acarreaba el maíz a la ciudad, apenas lograba comer día a día con mucho esfuerzo, estaba esquelética y pronto se le comenzaría a notar la piel quebradiza y grisácea al igual que las plantas.
La gente dejó de ir a la provincia y juntarse con la familia por el miedo a que la maldición también recayera en ellos.
La familia dejó de cumplir con las labores de la sociedad, se quedaban en la granja todo el día con los pocos víveres que les quedaban.
Al campesino no le afectó mucho dejar de convivir con la gente del pueblo, pero su esposa e hijos comenzaron a volverse locos.
La esposa comenzó a gritar y a hablar sin sentido, los hijos hablaban solos con balbuceos y se asustaban por los gritos de su madre, así que al padre no le quedó más remedio que encerrarla en un cobertizo.
Durante las noches, el granjero salía a tomar aire fresco y a observar lo que quedaba de su casa y de su milpa. Comenzó a notar en los árboles y en la tierra un aura extraña que resplandecía y subía al cielo nocturno, era un color, pero no lograba describirlo, como si fuera de otro mundo, de otra galaxia.
Pronto comenzó a notar esa misma aura salir de su familia, resplandeciendo, en especial la veía salir del cobertizo, donde se encontraba su esposa, que había estado extrañamente callada durante los últimos días.
Con temor, el campesino entró al cobertizo. Lo que encontró ahí, no era su esposa, ya no lo era.
Estaba horrorizado, esa cosa no podía ser de este mundo, era indescriptible. Lo único familiar, pero no tranquilizante era ese color que resplandecía en toda la habitación; no pudo seguir mirando, el olor era fétido y repugnante, así que salió corriendo.
Lo mismo se repitió con cada uno de sus hijos, el campesino quedó solo, sin familia y sin quién lo ayudara. Entonces, recordó. Se dirigió al último árbol que quedaba en la provincia, que curiosamente, era donde vivía el Alux.
El hombre suplicó y pidió que lo perdonara, que no lo volvería a hacer.
—¡Por favor! ¡Solo quiero a mi familia! ¡Te lo ruego, por favor! ¡No necesito nada más, sólo a ellos!
Durante tres días el hombre suplicó al pie del árbol, con rezos y promesas hacia el Alux. Durante el atardecer del tercer día, el Alux por fin salió y le dijo al hombre:
—¡Así como tú te olvidaste de mí, así como me abandonaste, así será para ti! ¡Vete! ¡No te quiero volver a ver!
El hombre volvió derrotado a su casa, entró cabizbajo, llorando, y al alzar la mirada, sobre la mesa, donde comenzaron todas sus desgracias, se hallaba uno de aquellos majestuosos maíces que su familia había ingerido.
El hombre se sentó, dio las gracias, y comió.
Semblanza
Siena Sofía Pech Lartigue nació en Oaxaca de Juárez en 2009. Actualmente estudia en la escuela secundaria general “Moisés Sáenz Garza” de la ciudad de Oaxaca.
