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Andador de Letras / Agua negra

Foto(s): Cortesía
Redacción

Víctor Armando Cruz Chávez

 

Andamos las calles de esta ciudad

y entre el rumor de todas las vidas y todas las muertes,

bajo las costras de pavimento, bajo cantinas y mendrugos de urbe

pisoteados por multitudes que miran al vacío

brota un murmullo de cursos de agua.

 

Bajo nuestros pies y los remolques, bajo las sombras de los pájaros

corre un río encarcelado donde no se refleja la crispación de la mañana,

corre un ramaje de venas oscuras,

agua que no es espejo de Narcisos embaucados por su propio misterio.

 

Ese rumor de manantial subterráneo

no es el agua donde niño viste reflejado un eclipse solar,

no es el reloj de agua que marcó la hora de un sabio condenado,

no es un agua de selva donde el jaguar clava su mirada de dios nocturno.

 

Alguien construyó esas venas de concreto bajo el mundo

donde escurre el agua que no es eclipse ni jaguar.

Son las venas ocultas de las vecindades y los picaderos,

de las carnicerías y los jardines públicos.

Venas donde transita ese caldo hecho de saliva, lágrimas

y gritos vaciados en las cañerías de hospital.

 

El drenaje es el sistema circulatorio que hace latir el corazón mezquino de las ciudades.

Agua negra que hemos escondido bajo la alfombra de las calles

para cuidar el prestigio del político, los pasos del turista

y la fe del arzobispo.

 

Quién podría trazar el dibujo de esas arterias

donde hace misa el demonio del desecho.

Ahí corre un agua que lleva la confesión arrancada en las cárceles.

Gotean fermentos de los tubos de pvc,

burbujean el formol y tajos humanos del servicio forense. 

 

Por ese manantial de luces apagadas

circulan gotas que abrasaron la piel 

de una mujer atormentada por su deseo.

Corre el carmín desdibujado de una muchacha muerta,

semen y sudores de motel,

sangre del cuchillo carnicero,

sangre de la encía, escupitajos de quien se ha mirado al espejo

más viejo y desencantado.

 

Caldo de ciudad aderezado con vello púbico

 y filamentos arrancados en quirófanos.

Caldo que huele a condición humana,

a mezcal y noches de mariguana, 

vómito y vapores de casa de citas.

Agua negra hecha de monosílabos

de quien se ha lavado la cara por última vez en el tiempo del mundo.

Agua de jabón que no lava mis culpas ni tus culpas,

que no calma la sed de los perros echados al olvido.

Agua bendita que tampoco purifica el alma pederasta,

ni alimenta la rosa, ni el junco, ni la esperanza de una niña enferma.

 

Agua de todos, agua democrática, patrimonio común del desahuciado,

del asesino, del poeta despojado de palabras

y del músico de bar que orina en las madrugadas que apestan a mala paga.

Ahí va nuestra infancia vaciada poco a poco 

por cañerías de cemento,

yéndose al diablo célula a célula, pestaña a pestaña,

pregunta a pregunta sobre lo que vendrá después de cruzar la esquina.

 

Agua negra donde defecamos la migraña, la hiel 

o el dulce sabor de morir a cada instante.

Día y noche ocultamos el agua negra bajo la alfombra del asfalto

para crear la ilusión de una ciudad habitable bajo el estío

o la hora de la niebla.

Pero esa agua no es buena para regar el jardín de Dios,

ni para calmar la sed del infierno.

 

Semblanza:

Víctor Armando Cruz Chávez (Ciudad de Oaxaca, 1969, poeta, narrador y editor). Es autor de los libros Estaciones sobre la piedra dormida, La tinta y el dédalo, Obsesiones del escribano, Los hijos del caos, Juntar memorias, crónicas del barrio de Santo Tomás Xochimilco y Vals profano. Obra suya está incluida en antologías nacionales y estatales. Ha sido becario del PECDA y FONCA en diversos periodos. Obtuvo en dos ocasiones el premio nacional de cuento “Benemérito de América”, convocado por la UABJO, y el internacional de literatura “Sor Juana Inés de la Cruz”. Estos versos forman parte de su más reciente título: Ciudad y zozobra (FR Editor. Oaxaca. 2025).

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