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Paula, Margarita y Juana ya descansan en su natal Coicoyán de las Flores

Foto(s): Cortesía
Redacción

Dice el presidente municipal de Coicoyán de las Flores, Modesto Nájera Sánchez, que, de acuerdo con el último censo, en la agencia municipal de El Jicaral habitan alrededor de 2 mil 500 personas; sin embargo, de ese total, hoy, hay que restar a 3 mujeres que perdieron la vida cuando buscaban el "sueño americano", un sueño que se convirtió en pesadilla.


Paula Santos Arce (29 años), Margarita Santos Arce (33 años) y Juana Santos Arce (35 años) regresaron a su tierra, no precisamente con la promesa cumplida de una vida mejor; sino en una caja, sin vida. De ellas, la menor no volverá a cargar en brazos a su pequeña hija Griselda, de apenas año y medio de edad; la bebé, arrullada por su padre, aún no sabe que perdió a su madre.


"Yo apenas en noviembre hablé con mis suegros y les dije: me tengo que ir, mi hija va a crecer, le va a faltar ropa, le va a faltar comida... igual a mi esposa", dice en un español apenas entendible Sabino López González, esposo de Paula; él llevaba un mes en Washington, tras cruzar de manera ilegal la frontera de México con Estados Unidos, cuando le avisaron de la muerte de su esposa.


No puede hablar más. Al preguntarle sobre qué le diría a Paula si la tuviera de frente, se le hace un nudo en la garganta y comienza a llorar; es el único en la habitación (donde también están los padres de las difuntas, niños que no saben lo que pasa y algunos vecinos) que llora. "Casi no llora la gente aquí, son muy duros", dice un ministro del Ayuntamiento mientras sostiene su cuerno de chivo.


Afuera de la casa, en cuyo interior están los tres ataúdes de color vino, acomodados de acuerdo a las edades de las mujeres, suena la música de tres bandas que se turnan para que en ningún momento falte el estruendo de la tuba y las trompetas, como buscando que esa alegría falsa maquille un poco la tristeza y el dolor de la triple pérdida.


 


(Cabeza de descanso) Un viaje de 'rutina'


Vecinos y asistentes al sepelio coincidieron en que el dolor por la muerte de las tres hermanas Santos se siente principalmente en la familia, sobre todo en el padre y la madre, pero también en la comunidad. 


Algunos hombres y mujeres con los ojos rojos y llorosos cuentan, con un español cortado y combinado con mixteco, que las hermanas ya habían trabajado en Estados Unidos.


Esta versión la confirman el agente municipal, Emilio López Montiel, y un señor que descansaba bajo la cancha de basquetbol techada en la que juegan los niños de la comunidad. El mismo señor, que prefiere no revelar su nombre, pero que también se dirige a la ceremonia, no cree lo que pasó. “Era otra vez, ya nomás como de rutina porque ya habían ido varias veces”, dice.


Por si existiera alguna duda, Sabino saca unas fotos de las tres hermanas en Estados Unidos que confirman los dichos. A Margarita se le ve en la pisca de tulipán; Juana aparece en la nieve y Paula luce unas flores amarillas en la mano. Sí, ya habían ido antes y esta vez no fue una más: fue la última.


 (cabeza de descanso) Cientos de personas… y recuerdos


Desde temprana hora los arreglos florales comenzaron a llegar para adornar el cuarto donde descansaban, sobre el piso, los féretros; niñas de 5 o 6 años, con la inocencia de esa edad y motivados por sus madres, a falta de un arreglo floral, llevaban ramas de bugambilias de un colorido rosa. Para adornar el lugar y dar color a la muerte, todo es útil.


Las mujeres, ataviadas con su vestimenta típica, se esquivan entre sí para no provocar que alguna tire los platos de chilate con tasajo que se reparten a quienes acuden a acompañar a la familia; otras acercan los tenates con tortillas blandas hechas a mano. Los hombres, por su parte, acarrean cartones de cerveza y cajas de refresco. Parece todo, menos un velorio.


La multitud formó un río de gente que desfiló desde la casa de las difuntas hermanas hasta el panteón de la agencia municipal de El Jicaral; alrededor de 200 personas, incluso de agencias vecinas, acudieron a dar el último adiós Paula, Juana y Margarita, que llegaron acompañadas hasta el lugar de su descanso eterno.


 


(Cabeza de descanso) Una bóveda, tres tumbas


Antes de darles cristiana sepultura, cada uno de los allegados -e incluso quienes ni siquiera conocieron a los difuntos- pasan a despedirse. Dos abrazos a la caja, santiguarse con una flor, prender una vela de cebo y lanzar agua bendita a los ataúdes, todo inundado por el color a copal, es el ritual.


Paula, Margarita y Juana viajaron juntas, murieron juntas y descansarán eternamente juntas; fueron depositadas, cada una junto a su ropa, en una bóveda de tabique y losa con tres compartimentos, uno para cada hermana. Esta vez no hubo puño de tierra. 


“Yo no quería que se fuera”: esposo de Paula


“Quédate ahí en la casa, yo te voy a mantener, yo te voy a dar dinero… cuida a mi hija”, dice Sabino, esposo de Paula, sobre lo que le pedía a su esposa con tal de convencerla para que no lo siguiera en su travesía hacía Estados Unidos.


Como si de un mal presentimiento o una corazonada se tratara, el joven de 23 años, recién llegado de Washington, llora la partida de su esposa, seis años mayor que él. “Yo no quería que se fuera, yo le decía que se quedara acá, atendiendo la casa y a mi bebé”, afirma.


“Ella se dedicaba aquí a la casa, era ama de casa; a veces ayudaba en la siembra, pero ya con la niña ya no”, comenta entre sollozos y ya con lágrimas en los ojos mientras acaricia el pie de su pequeña hija, Griselda, que duerme tranquila sin saber que su mamá ya no está.


Preguntado sobre sus planes ahora que quedó viudo y con una hija que depende de él, Sabino se limita a decir que va a trabajar “porque a mi hija le va a faltar comida, le va a faltar ropa y yo la quiero llevar a la escuela, que estudie porque aquí y en Encinal, mi pueblo, no hay trabajo, no hay dinero”.


No sabe si regresará a Estados Unidos, pues la muerte de su esposa lo tomó por sorpresa y lo dejó mal parado. “No acabé de pagar mi deuda, ahorita estoy aquí con mis suegros y estoy con lo de la banda; no tengo feria y aquí no hay trabajo”, lamenta.


Aunque no habla bien español y él mismo admite que no estudió, espera que su hija, Griselda, tenga una vida mejor que la suya y, por supuesto, mejor que la de su mamá.


“Nunca le pegué, nunca peleamos, nunca le hablé feo… si me estuviera escuchando, le diría que la quiero un chingo, que daría mi vida por ella y que voy a cuidar a mi bebé”, dice entre lágrimas.

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