Quizá hayas notado que tu hija o hijo presenta miedos generalizados a situaciones que antes no le atemorizaban como el hecho de que llegue la noche, la visita de un familiar o la asistencia a algún sitio. Tal vez hayas visto que se muestra más sensible, con facilidad al llanto o muy irritable. A lo mejor al bañarlo has notado que presenta algunos moretones o refiere dolores en sus genitales. Si es así, no ignores estos signos de alarmas, pues muy probablemente tu hija o hijo podrían estar siendo víctima de abuso sexual infantil.
Si bien el término es ampliamente sonado, es importante recordar qué es y cómo se manifiesta. La activista por los derechos de la infancia y médica, Zoila Ríos Coca explica que éste es cualquier manifestación de carácter sexual ya sea de un hombre o mujer, adulta, adolescente, niña o niño que tenga una diferencia mayor de cinco años con la víctima.
“Esto puede ser sin contacto físico como lo es la exhibición de los genitales o actos de masturbación. Llamadas telefónicas o mostrar material sexualmente explícito. Puede ser de manera pasiva, cuando se toca los genitales del niño o la niña y de manera activa, cuando la persona que abusa pide que le toquen o estimule de alguna forma los genitales, ya sea por encima o debajo de la ropa”, detalla Ríos Coca.
El riesgo de que las niñas y niños sean víctima de este delito es generalizado y puede ocurrir tanto en la escuela como en la iglesia o en casa, sin embargo, enfrentan mayor vulnerabilidad quienes viven en familias en donde no son valorados como personas, sino como propiedad de los padres o en donde hay violencia familiar.
Una manera de prevenir este delito es enseñarles los nombres correctos de cada parte de su cuerpo y su cuidado, la expresión adecuada de los cinco sentimientos básicos: miedo, alegría, tristeza, enojo y amor; fomentar la confianza para expresar sus sentimientos ya que los principales abusadores son conocidos de la familia; el reconocimiento de las caricias y enseñar cuales no deben de darse ni de recibirse; ayudarlos a reconocer situaciones de riesgo; enseñarles la posibilidad de decir o cuando no quieren dar una caricia, un beso o acompañar a alguna persona, aún cuando sea de confianza; sobre todo hacerles saber que son personas valiosas por el hecho de existir.
