CIUDAD DE MÉXICO.- Con el fin de enfrentar el cambio climático, un grupo de científicos noruegos consigue reducir el cuerpo humano a poco menos de 13 centímetros.
Paul Safranek y su mujer (Matt Damon y Kristen Wiig) deciden empequeñecerse no por cuestiones ecológicas, sino para salir de deudas y volverse millonarios en el universo paralelo que les espera. Es la premisa de la atractiva y dispareja Pequeña Gran Vida (EU, 2017), inquietante fantasía distópica de Alexander Payne.
Pese al arrojado cambio de género, la nueva cinta del sensible realizador de Entre Copas (2005), Los Descendientes (2011) o Nebraska (2013), insiste en mantener un tono cínico, tragicómico, agridulce y melancólico en el interior de un relato propio de la ciencia ficción.
De nuevo, ahonda en otro viaje de recapitulación: el de un hombre que pierde su mujer, su empleo, sus amigos y sobre todo su tamaño para descubrir que la humanidad sigue siendo la misma aún a mínima escala.
En ese sentido, Pequeña Gran Vida se emparenta con la apuesta metafórica de otra cinta de corte similar: El Hombre Increíble (Arnold, 1957), sobre un joven que va disminuyendo de tamaño al ser expuesto a una radiación atómica.
En ambas historias el tema es la supervivencia y el encuentro consigo mismo y con las cosas que realmente importan y trascienden.
Así, Safranek va dejando atrás una vida superflua para solidarizarse con las causas sociales de los más desfavorecidos de la mano de una chica asiática que trabaja como sirvienta (Hong Chau).
Alegoría milenarista sobre la crisis del nuevo orden social, de los abusos de las corporaciones y del fracaso del individualismo Pequeña Gran Vida apunta hacia múltiples temas y termina por perderse en su propia y compleja metáfora.
