Este 20 de noviembre se conmemora un aniversario más del inicio de la revolución mexicana, un conflicto armado que costó la vida a millones de compatriotas, quienes enfrascados en una guerra civil que pretendía (aparte de derrocar al dictador): equilibrar la situación social que se vivía a lo largo y ancho del suelo patrio, la ejecución de una verdadera democracia representativa, el reparto de las tierras, la reivindicación de los indígenas, entre otras demandas; sin embargo, la revolución mexicana (como todas las revoluciones) tomó otros caminos e intereses, dejando de lado sus ideales y traicionándose a sí misma. Así culmina todo proceso revolucionario: “La dictadura del caudillo”.
Al interior del país, en aquellos tiempos, la situación era temeraria, el dictador se estaba volviendo viejo y era incapaz de sostener la mano dura que durante muchos años le había dado el control de la soberanía nacional. Cuando el dictador tomó el poder, lo hizo con el apoyo popular. Él era héroe de guerra probado, valiente y arrojado como pocos, respetuoso de la ley, tanto así que la modificó para legitimar su estancia en el poder.
Bajo el lema nacional de Paz (de los sepulcros), Orden (militar) y Progreso (sin educación), después de 30 años en el poder, el país comenzó a reordenarse a tal manera que se percataron que la posición del dictador era insostenible en los nuevos tiempos.
Cuando el futuro dictador nació, la Patria Soberana tenía 9 años de independencia. Después de muchas penurias durante su niñez (trabajó de artesano, carpintero, entre otros oficios), ingresó al colegio religioso para iniciarse en la vida sacerdotal, aprendió griego, latín, lógica, matemáticas, entre otras materias, sin embargo, rompió relaciones con los religiosos e ingresó al Instituto de Ciencias y Artes de su Estado, en donde tuvo la oportunidad de estudiar Jurisprudencia, además de acceso a literatura diferente a la sacerdotal y de acercarse a titularse como Abogado.
Sin embargo, después de 3 centurias de sometimiento colonial, la conformación de la identidad patria y el reconocimiento del extranjero eran una prioridad nacional, a tal nivel que la guerra por ambas era la única constante por todo el país, el futuro dictador decide abandonar los estudios para adentrarse en la carrera militar; solo le faltó estudiar medicina, para completar el abanico de estudios posibles en esas épocas (religiosos, académicos, militares y médicos).
Como militar su actuación fue más que destacada, ganando batallas decisivas por la Patria recién formada, fue escalando peldaños dentro del escalafón militar hasta llegar al grado máximo dentro de las fuerzas armadas, en gran medida gracias a su probado valor y heroísmo, sin embargo, ya dentro de él, el amor hacia aquello que había defendido con su vida le hacían desear llevar el control sobre su destino: Él había hecho Patria y sentía su derecho natural el ser el poseedor de ella. El deseo había nacido. Una vez restaurada la república, accedió al poder a través de una revuelta armada y desde ahí modificaría las leyes para perpetuarse en el poder de la Nación que él había ayudado a forjar. Después de tantos años de conflictos, por fin se vivía tranquilidad.
Durante su periodo dictatorial, la nación adquirió reconocimiento internacional y comenzó a forjar la identidad nacional. La sociedad mexicana comenzó a adquirir conciencia de su ser y poco a poco a darse cuenta de la necesidad de cambiar los rumbos políticos del país. Cuando el conflicto armado inició, el dictador prefirió el exilio a la aplicación de la represión militar, pensando que así evitaría un inútil derramamiento de sangre. Grave equivocación. Las muertes durante los conflictos para derrocar al dictador fueron mayores a los generados por la dictadura. Y seamos honestos, ¿qué nos dejó la revolución? Solamente al partido oficial: la dictadura del partido, que duró más del doble que la dictadura del caudillo.
