Santa Fe y la Mar, Valle Nacional.- Tal como crecen las ramas de un árbol que se alimenta de la misma tierra, así se extiende la vena creativa de tres artistas de una misma familia. La poética en cada lienzo es tan distinta como similar, lo cual no representa contrariedades, sino puntos de encuentro, sugerencias e insinuaciones. Tres pintores chinantecos impregnados por su contexto y abiertos al universo a través de la plástica. Carmen Javier, Emiliano López y Maximino Javier hablan de su obra, de su cotidiano y de su historia.
En la casa materna está reunida toda la familia, cada uno con talentos artísticos que no dudan en mostrar. De cada habitación cuelga la obra de los pintores, tanto de Emiliano, Maximino y de Carmen, así como uno que otro cuadro de las hermanas menores que también se expresan en el lienzo.
En una pequeña mesa del patio, habitado en su mayoría por plantas endémicas, contrasta una paleta, botes de pintura y un bastidor con apenas un bosquejo del nuevo cuadro de Carmen Javier ( Santa Fe y La Mar, Valle Nacional, 1924) quien a sus 92 años se levanta todos los días a pintar. Sin titubeos decide trazar una línea con lápiz para después comenzar a crear una obra lúdica cuyos personajes invariablemente sonríen.
Su paso es lento y mira con detenimiento su entorno, habla de su proceso como una espiral que vuelve a un punto para desatar su propia historia. La pintora empírica ha compartido en cada lienzo su universo persona. Durante la entrevista sus hijos la rodean debajo de un árbol de mango, el calor es húmedo y los mosquitos infames, los artistas no se perturban.
Transcurre un sábado por la tarde, repleto de la tranquilidad de una comunidad de Valle Nacional. Las hijas de Carmen han ido a buscar su huipil tejido en telar de cintura y bordado a mano de San Felipe Usila, han traído con ellas el chiapaneco, que todas las mujeres de la región usan debajo deel huipil, y se disponen a vestirla para la sesión de fotos. Carmen sigue conversando.
"Mi mamá pintaba desde que éramos chiquitos, creo que ella ya lo hacía desde antes, a veces tomaba nuestros cuadernos de la escuela y se ponía a dibujar. Fue hasta que murió mi padre que se dedicó de lleno a la pintura" cuenta una de las hijas.
Carmen Javier, con su carisma innata comparte que ella pinta lo que le viene del pensamiento, primero bosqueja el dibujo y luego comienza a poblarlo de color. Le gusta pintar de todo: desde animales hasta personajes imaginarios y conocidos, que como sello tendrán siempre una sonrisa.
Es la misma pintora la que comparte: "me siento contenta cuando pinto". Sus hijas agregan que cando Carmen pinta es feliz, a veces canta y se pone a platicar con las aves que llegan a su jardín, poblado de incontables árboles, flores y helechos, y es que asegura: "cuando uno siembra árboles se alarga la vida".
Afirma, a sus 92, que son pocos los años que ha vivido: "Me ha gustado mucho la pintura y sigo haciendo dibujo, aunque no venda yo, todo esto me viene de mi pensamiento y yo no puedo dejar de pintar, es algo que me llama. Voy a seguir pintando para seguir aprendiendo; a mí no me gusta estar ahí nomás sentadita".
Vitalidad creativa
Todo ese entusiasmo con el que Carmen pinta, lo que proyecta mientras lo hace y después el resultado sobre el lienzo son una vitalidad creativa que se contagia. En eso coinciden sus hijos: Emiliano y Maximino (Santa Fe la Mar, Valle Nacional, 1948), quien recuerda que fue a los 20 años que salió de su pueblo natal para estudiar pintura en la ciudad de Oaxaca.
"Tenía como 50 pesos en la bolsa y le dije a mi mamá: - quiero que me pongas lo que tenga de ropa en un morral, que yo me voy a ir a estudiar a Oaxaca-. Así lo hizo, tomó sus cosas y se fue.
Maximino formó parte la primera generación del Taller de Artes Plásticas Rufino Tamayo (TAP Rufino Tamayo) que se fundó tras una ruptura del maestro Roberto Donís con la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Por este taller pasó el pintor sólo tres años, antes de emigrar a la Ciudad de México para trazar su propio camino, a pesar de las consignas de que allá sería todo más difícil. Años más tarde apoyaría a su hermano Emiliano para que también estudiara pintura.
Sobre cómo ha influenciado su plástica la región en la que nació comenta: "en un principio determinó mi trabajo y todavía es así, pero fue más fuerte al comienzo. Mi tierra hizo que olvidara las influencias que tenía cuando empecé a pintar y transformara mi trabajo. Ahora trato de usar más texturas y colores, de simplificar, todavía no lo logro, pero ahí voy" expresa humildemente, aunque su trabajo es considerado uno de los artistas mexicanos con más proyección internacional.
Sereno y apacible, Maximino habla de su sentimiento al estar en la tierra que lo vio nacer. "Nos une ese lenguaje de comunicación: el arte" se refiere a su madre y a su hermano, aunque a varias de sus hermanas que se han expresado en la pintura.
"Creo que el trabajo en la plástica representa mucho esfuerzo. Siento una gran admiración por mi mamá, que con su edad, parece una chiquilla tratando de empezar un oficio y carrera dentro de la pintura, ella día con día está emocionada de pintar y crear. Para mí es maravilloso que varios miembros de esta familia nos dediquemos a pintar, es una responsabilidad de seguir adelante".
Los ojos llenos de verde
Emiliano López (Santa Fe y la Mar, Valle Nacional 1959) relata que la pintura es un proceso casi natural. Desde pequeño dibujaba en sus libretas y los profesores lo pasaban al frente para ilustrar algunos temas.
Tras la partida de su hermano mayor a Oaxaca él le seguiría los pasos tiempo después, en 1978 a 1984 se formó en al Taller de Artes Plásticas Rufino Tamayo, lidereado por Roberto Donís. Su camino en las exposiciones comenzó cuando aún era estudiante, en 1980.
"En ese entonces era un taller libre, se convivía con otros, éramos una comunidad realmente, todos podíamos pintar, ahí nos quedábamos, era cuando los estudiantes vivían en el taller".
Cierto de la influencia de su entorno y el cual considera su base principal, Emiliano López apunta que su contexto es parte de la esencia, algo que se trae en las venas y que no cambia por nada: un lenguaje presente construido por sus vivencias.
Emiliano López acepta que él un trabajador de su quehacer, de la pintura: "todos los días trato de superarme y hacer lo mejor que puedo. Pinto para mi satisfacción personal, trato de que sea una manera honesta de tener un concepto de lo que uno es. Para mí la pintura es un proyecto de vida",
El colorismo
Sentado en el patio de la casa de su madre, rodeado de su familia, el artista considera que el concepto del arte ha cambiado en los últimos años: "El arte ahora es como lo pensaba Robert Valierio: una maquiladora. La mayoría de los pintores son maquiladores, tienen sus talleres entre cinco o 10 trabajadores y hacen totalmente un arte consumista".
El pintor coincide en que la urgencia de hacerse notar para muchos pintores ha significado vender lo más que pueden y asegura que esa dinámica la comenzaron las galerías: "-pinta como fulanito porque se vende-" era la consigna y muchos comenzaron a elaborar cuadros con el concepto mercantilista.
"Creo que el arte debería ser más propio: pintar lo que uno siente y no construir una pintura banal, por eso Oaxaca está cayendo en el colorismo, que es lo que más buscan los compradores y no tanto propuesta. Sabemos que el color bonito se vende, porque esa mentalidad tiene el comprador sin información y es lo que persiguen las galerías".
Y ahí, sentados bajo el árbol de mango transcurre la tarde que se oculta en una brisa suave y calurosa, con el canto de aves que anidan en los árboles y una delicada puesta de sol que colorea el cielo. Carmen sonríe y disfruta del momento con su familia reunida, en las vísperas del cumpleaños de su hijo Maximino, ocasión que fortuitamente ha hecho coincidir a la familia en su natal Santa Fe y la Mar.
