Al llegar la primera mitad de octubre, los talleres panaderos de la entidad comienzan a impregnar el ambiente de un aroma inigualable. Huele a tradición, a convivencia, nos remite a una taza de chocolate humeante para sopear el pan de muerto, un delicioso manjar oaxaqueño que la COVID-19 no mató.
El Grupo Armonía, de rehabilitación de personas que buscan escapar de la adicción a las drogas, es uno de estos espacios, en donde la producción dio inicio. Ahí labora Arturo, quien llegó a este lugar hace 10 meses. En su rehabilitación, la panadería se volvió pieza fundamental y está íntimamente ligado a su deseo de dejar las drogas pues fue a través de la compra de un paquete de galletas, elaboradas ahí, que conoció el Grupo Armonía.
“El realizar un servicio de esta manera me ha ayudado mucho, me hace sentir útil. Yo tenía unos seis años de estar en la drogadicción, el problema ya era grave al grado de perder a mi familia, separarme de mi esposa, de mi hija, incluso de mi primer círculo familiar como son mis padres y hermanos. Fue ahí cuando me di cuenta, cuando volví la mirada para ver lo que había perdido a causa de esta adicción”, explica mientras se prepara para el amasado.
El pan de muerto forma parte de la cultura tradicional de Oaxaca, un alimento fuertemente arraigado en el corazón y el estómago de sus pobladores. Su preparación, da un sabor inigualable que cautiva hasta los paladares más exigentes. Si a todo ello se agrega el elemento de ayuda, el pan de muerto toma otro significado.
Juan de Dios Acevedo, responsable del Grupo Armonía de Drogadictos Anónimos A. C., explica que uno de los principales objetivos del taller es capacitar a su población en rehabilitación para que desarrollen habilidades blandas y puedan reintegrarse al mundo laboral.
“Algunos de los compañeros que han estado aquí, regresan a sus hogares y puesto sus talleres de pan, de esta manera pueden sustentar a sus familias. El propósito es ese, que desarrollen capacidades que ni siguiera pensaban que tenían”, manifestó.
El taller, como en cualquier trabajo tiene una jerarquía, un orden y reglas claras que hay que seguir para lograr una buena integración.
Margarito, también integra el taller de panadería. Su camino en las drogas inició cuando niño. “Empecé desde los 11 años, llegué al grupo a los 16. Él tocó fondo en el mundo de las drogas después de un año separado de su madre y hermanos. Ahora, aprendido un oficio, lucha cada día por mantenerse alejado de las adicciones.
El pan que ellos elaboran es de mantequilla y azúcar, así como pan de muerto tipo hojaldra con naranja, ajonjolí y anís. Con la compra de sus productos ayudas a solventar los gastos operativos para seguir brindando atención.
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