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María... somos todas las mujeres

Foto(s): Cortesía
Redacción

El personaje de hoy somos todas, las guerreras que luchan día a día en diferentes trincheras, pero con un objetivo común: triunfar.


Pues bien, hablaré de María, así, anónima, porque es una de las muchas mujeres marginadas que camina con los pies descalzos, con los pasos lentos como si cargara, además del peso de la leña, todas las injusticias, penas y tribulaciones, que el “desarrollo” no ha podido aligerar.


Así, con un hijo enfermo, porque la mayoría de las enfermedades les vienen de la desnutrición, sin dinero para darle atención, no especializada sino simplemente atención médica de cualquier tipo, con un marido que no tiene trabajo, pero que además, cuando puede conseguir algún dinero, se va a la tienda del pueblo a tomar, a sacar la frustración de no poder darle a sus hijos educación, salud, alimentos; así olvida él las penas perdiéndose, tomando y después durmiendo, soñando que todo cambiará algún día…


Mientras María busca algo para darle de comer a sus hijos, pone compresas frías a su hijo enfermo, amamanta al pequeño y enjuaga el llanto de su hija mujer, igual que ella, con el mismo futuro, con el mismo camino.


Los días para María no tienen diferencia, son iguales uno tras otro, luchando hombro a hombro contra el hambre, la enfermedad y la ignorancia; no conoce otra vida, no vislumbra otro futuro y no es solo ella: es su comadre, su ahijada; todas ellas levantan la mirada y ven lo mismo: tierra seca sin sembrar, algunos animales igual de flacos que los niños.


La mayoría de los hombres emigró y los que están, mueren de desilusión. Los ancianos vegetan como sombras esperando la muerte, no hay comida, no hay atención médica, no hay educación, la soledad y la injusticia son la única compañía de estos pueblos que agonizan.


María es la heroína anónima, la que sacia el hambre de sus hijos, la que alimenta su mente con historias, leyendas y cuentos ancestrales, la que cura fiebre con compresas y toma marrubio en la mañana.


La fuerza de María está en su corazón, en su piel morena, en los pies partidos por la tierra, en los caminos de su piel profundizada por el sol, en su raza, en su nobleza indígena.


Pero esto no basta cuando los hijos piden de comer, cuando la enfermedad llega a la casa, cuando la ignorancia  o la inocencia, hace que claudique o que la manipulen; no, no basta un corazón de hierro, que a fuerza de sufrir se va ablandando, no basta un saco lleno de sueños e ilusiones, que a base de mentiras, se ha gastado.


María ya no cree en nada ni en nadie, María ha sido engañada muchas veces y ha sido manipulada tantas otras; para qué volver a creer, para qué volver a soñar.


Pero María presiente que no todo está perdido; María, como buena mujer, intuye el cambio; María sabe que algo llegará, que algo pasará, y espera con las manos llenas de trabajo, con los ojos levantados al cielo, y con el corazón repleto de esperanza.


María espera, siempre espera, pues lo único que tiene es la esperanza.

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