Oaxaca, algún día entre el 18 de mayo y el ocho de junio de 1975, años antes que la ciudad fuera distinguida con el nombramiento de Patrimonio de la Humanidad, una figura delgada, de casi dos metros sobresale por las calles de la ciudad.
Julio Cortázar visita Oaxaca, la prensa de la época no registra el suceso en ninguna de sus páginas, afortunadamente el grandísimo cronopio encontró en esta ciudad un gran tesoro interior, una maravilla que le hizo dejar escritas las siguientes palabras (perras negras, como a él les gustaba decirles) para la ciudad de Oaxaca: “Oh pequeño pueblo maravilloso, cómo te guardaré siempre en mi corazón”. Personalmente me llena de emoción saber que el escritor de Rayuela (hombre de mundo) se llevó eternamente a mi ciudad en su corazón.
Pero, ¿qué fue lo que encontró aquí que le hizo llevar a esta ciudad en lo más profundo de él?. El mismísimo cronopio nos lo cuenta: “De Oaxaca me habían dicho muchas cosas, turísticas, etnográficas, climáticas y gastronómicas; lo que no me dijo nadie es que allí, además de un zócalo que sigue siendo mi preferido en México, habría de encontrar la más densa congregación de cronopios jamás reunida en el planeta con excepción de la de Estocolmo”.
Debo confesar que cuando leí: Papeles inesperados y encontré la mención de Oaxaca volví mi rostro sobre la almohada y comencé a patalear sobre el colchón. Fue un placer enterarme que a Julio, por sobre todos los demás zócalos del país, el de Oaxaca era su favorito y saber que estaba llena de cronopios fue un descubrimiento aún mayor, me llenó de júbilo y curiosidad, ¿Dónde se encontraban aquellos seres que el mismísimo y altísimo cronopio creó y han maravillado a todo el mundo?, he aquí lo más curioso de todo, los descubrió en el Museo de Arte Prehispánico Rufino Tamayo y es lo más maravilloso que he leído que alguien haya dicho de mi adorada ciudad.
Cuando Julio, admirador de Tamayo, se enteró que en Oaxaca existía un Museo de Arte Precolombino con piezas donadas por el artista, se precipitó raudo cual flecha, así lo dice él mismo. Lo que encontró ahí lo maravilló para siempre. Desde las vitrinas, muertos de la risa, los pequeños cronopios lo miraban y se divertían (así lo escribe Julio); me gusta pensar que se reconocieron.
Es que como Julio mismo lo dice: “Yo había esperado durante años al Matta, al Oski, Roberto Matta, Roland Topor, al artista que pusiera en el plano o en el espacio lo que yo había puesto en la palabra; y no sabía que ya estaba hecho, y que era yo, tantos siglos después de esos anónimos artistas mexicanos, el que simplemente les agregaría una voz[…]”, no sé ustedes; pero a mí me maravilló la noticia.
Y la verdad tiene sentido, pues como dice el mismo Cortázar: “Ser cronopio no es fácil, ser cronopio es contrapelo, contraluz, contranovela, contradanza, contratodo, contrabajo, contrafagote, contra y recontra, cada día, contra cada cosa que los demás aceptan y que tiene fuerza de ley”. Todos sabemos que los oaxaqueños nos caracterizamos por llevarle la contraria a todo, hasta a nosotros mismos.
