Graciela Iturbide se fuma dos PallMall antes de sentarse a charlar. Su piel blanquecina le da una apariencia fantasmagórica que se desvanece con su sonrisa breve que se dispara a la menor provocación.
Cada una de sus palabras evoca un tiempo pasado, aquel que capturó con su cámara, esa que cuelga sobre su pecho desde hace casi medio siglo, trabajo por el cual hoy recibe un homenaje en la Feria Internacional del Libro de Oaxaca.
Algunas de sus fotografías más icónicas tuvieron como escenario calles de Oaxaca, sobre todo en Juchitán, rincón del mundo que le mostró Francisco Toledo, personaje insoslayable de las artes en México en las últimas década y quien le dio la primera gran oportunidad a Graciela Iturbide, que al recordar 1979 suelta otra de sus afables sonrisas y extravía la mirada en un muro de cantera y luego suelta: “Oaxaca está en mi corazón”.
--¿Qué signficia Oaxaca en su vida y su trabajo?
--Oaxaca es mi segunda casa. He trabajado mucho en la ciudad pero sobre todo en Juchitán. Mi corazón está aquí, mitrabajo está aquí. Quiero mucho a Oaxaca
--¿Qué sentimiento le despierta Juchitán después del terremoto?
--Estoy tristísima. No puede ser que ya no exista Juchitán. Es un pueblo tan fuerte y aunque que estén de ala caída, sé que van a luchar para levantar a de nuevo a Juchitán.
--¿Qué importancia tiene Francisco Toledo en su vida?
--Hablé con él hace poco pero lo noté tan triste… No lo he podido ver esta vez. Él me invitó a Juchitán, me mostró la Mixteca e hizo el libro con la matanza de cabras. Es un personaje importante en mi vida: su sabiduría, su entusiasmo.
--¿Quiénes son los personajes más importantes que ha retratado?
--Manuel Álvarez Bravo, Francisco Toledo, García Márquez. Ser fotógrafo te abre las puertas del mundo. La cámara se vuelve el pretexto para documentar la vida de los pueblos, la cultura, las personas, pero también he tenido la suerte de retratar a gente muy interesante de quienes he aprendido mucho porque he leído sus libros, me documento.
--¿Cómo conoce a Toledo?
--Me llamó en la década de los 70, en el 79. Quería tomar un café conmigo para hablar sobre un proyecto. La sorpresa fue tremenda y cuando nos conocimos me propone retratar Juchitán para exponer las fotos en la casa de la cultura. Esa actitud me encantó de él: devolver a la gente la imagen de su pueblo. El proyecto se prolongó durante seis años en los que iba y venía del Istmo hasta que inauguramos la exposición junto a las mujeres y hombre que fotografié. Bebimos bupu, yo enamorada de esta bebida.
Regresé hace poco y de una foto que tomé por casualidad, la Mujer de las Iguanas, hicieron una escultura en Juchitán. Y ella [la Mujer de las Iguanas] quiere estar en todas partes, hay murales en Los Ángeles, San Francisco…
Francisco Toledo es un personaje importante en la obra de Iturbide por el apoyo que le dio en su carrera.
--Para usted, ¿qué es la fotografía?
--Para mí es un pretexto para viajar, para conocer el mundo y su riqueza. Eso ha sido para mí. Y esa idea no ha cambiado en casi 50 años de trabajo.
-¿Qué le hizo interesarse en la fotografía?
--Yo realmente quería ser escritora. Ahora presentan un cómic sobre mi vida en la FILO. En uno de los episodio estoy joven y le digo a mi papá que quiero estudiar literatura y él me responde “¡No! Las mujeres deben estar en la casa”. Siempre quise las letras, pero ya casada y con hijos supe de la carrera de cine y era más fácil para mí pues se estudiaba en las tardes y noches, así podían cuidar a mis hijos.
Y en el CUEC hice mi primera película, que fue mi primer trabajo cinematográfico y de fotografía; es un cortito de José Luis Cuevas. Así conozco a Manuel Álvarez Bravo y me convierto en su achichintle. Con él me enamoré de la fotografía: empiezo a conocer los pueblos, a conocer mi país. Fue así como encontré ese pretexto de la cámara y su vínculo con los viajes.
Quedaba embelesada de ver cómo revelaba, cómo escogía su material, ver las imágenes del día.
Vi cuando revelaba fotos de Tina Modotti, en esa época estaba muy interesada en ella y me toca la suerte que el Museo de Arte Moderno de Nueva York manda imprimir las fotos que ellos tenían con Álvarez Bravo y las vi de primera mano.
Álvarez Bravo me enseñó todo.
--¿Qué relación e influencia tiene la fotografía con las bellas artes?
--Sobre todo la pintura, así aprendí composición, pero también la literatura, la poesía, la música. En casa tengo una biblioteca extensa de foto y pintura y me tomo el tiempo de aprender. Desde luego que también con los compañeros. Un día a (Henri) Cartier Bresson le mostré mi trabajo, era la foto de un muxe sólo con blusa, parecía que había pasado la noche bebiendo y cuando se la enseñé me dijo: “deberías cortarle tantito”. Se me hizo muy raro pues el decía que nunca había que cortar las fotos, sino mandar el cuadro completo, pero a veces te sobran cosas en la toma y hay que cortar un poquito. En cambio, Sebastiao Salgado me dice que siempre hay que cortar. Así es como aprendes cosas de todos lados.
Graciela es una mujer de rituales, por lo menos en su trabajo. Dice que sólo usa análogo porque tiene sus manías y el orden al que se ha acostumbrado a lo largo de los años, ritual que que no piensa abandonar con la foto digital.
Ella dice que escribe sus sueños, en alguno de ellos soñó la fotografía en la que captura a un hombre y a sus espaldas vuela una parvada que ennegrece el cielo, además que cumpliría, en parte, la ilusión de la juventud cuando quiso ser escritora, pero una cámara se le metió en los ojos y, desde entonces, nos invita a mirar el mundo desde una ventana casi surrealista donde los pueblos y su gente se mezclan para mostrarnos un fragmento íntimo de los rincones de México
