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Día del albañil entre chilenas y pollos asados

Foto(s): Cortesía
Citlalli López Velázquez

Como parte del ritual, el “Huarache” coloca en lo alto de la construcción la cruz adornada con flores de plástico. Es su primera vez como “padrino” de la Santa Cruz desde hace diez años como albañil. La música guapachosa suena a todo volumen. Los cohetes retozan en el cielo. El festejo da inicio.


El Matador, el Yeyo, Lázaro y toda la tropa de albañiles que trabajan en la obra ubicada en el Centro Histórico, se acomodan a lo largo de los tablones. Pasada las 13:00 horas comienzan a correr las primera frías con botana para abrir el hambre.


El primer trago cae con ese toque amargo, aquél que hace un hervidero en el estómago pero que paradójicamente es refrescante a la garganta.


Lázaro Hernández de 60 años de edad, quien se autonombra como “un simple chalancito”, ocupa una esquina. Es uno de los trabajadores de mayor edad pero contrariamente uno de los de menor experiencia. “Apenas llevo nueve años”. El hombre toma la lata de cerveza y da traguitos como queriendo digerir parte de su historia en el oficio.


Él trabaja para una empresa de apertura de caminos, llegado a los 50 años prescindieron de sus servicios y tuvo que buscar cómo sacar el ingreso diario. “Como ya estoy macizo (grande de edad) no encontraba trabajo. Ahora aquí ando trabajando”, explica acomodando las mangas de su camiseta roja de la campaña política pasada.



El ruido del motor despierta aún, más los ánimos entre los trabajadores. La camioneta de los arquitectos encargados de obra se estaciona para bajar las charolas con pollos asados. El chacoteo es todavía mayor acompañado por las chilenas que resuenan en las bocinas.


Tal cual lo merita la celebración, Luis, el Matador, terminó su jornada y se enfundó en camisa de vestir. Con éste suman 41 años consecutivos en que celebra a la Santa Cruz. “Yo inicié cuando tenía 11 años, ahorita tengo 52. El trabajo es duro, es el trabajo más duro que hay. Inicié en la albañilería porque yo no fui a la escuela, mi papá me llevó y la hacía de chalancito acarreando mezcla, madera, lo que se necesite”, recuerda.


A lo largo de los 41 años de labor ha visto muchos accidentes, compañeros accidentados e incluso muertos al realizar su trabajo. Su memoria se remonta a una obra de construcción de una escuela particular en donde uno de los trabajadores cayó de cabeza de un andamio.


“Yo me accidenté una vez. Traté de doblar una varilla y me volé una muela. La varilla se me zafó y se fue contra mi cara. Ha sido lo más grave que me ha pasado”.



Su secreto para regresar con bien, a casa -explica- es la bendición que pide a Dios antes de salir a trabajar, pues como en todos los trabajos “éste tiene sus riesgos”.


Aurelio, El Yeyo, pasa otra cerveza. Aunque el ambiente de trabajo promete una comida amena, nadie tiene contemplado prolongar la fiesta pues el sábado hay que trabajar sin cargar la cruz de la cruda.

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