Los jarrones de barro se alzaban en lo alto mientras las manos frágiles de tiernas mujeres los sujetaban. La música sutil y el danzar místico anunciaban el comienzo de la celebración de Samaritana.
A la luz del mediodía, centenares de oaxaqueños se reunían en las diferentes iglesias y parroquias de la capital oaxaqueña. El Templo de la Preciosa Sangre de Cristo era sede de la representación católica que explicaba a los transeuntes nativos y turistas el origen de la solidaria tradición.
"Allí estaba Jesús pidiendo de beber a la humilde samaritana, detrás de ellos un pozo de papel con cubetas pintadas color tierra y de fondo, el rezo de angelus en voces de niñas, haciendo eco en la escenificación de siglos atrás".
Las campanas sonaban, los religiosos hablaban y el agua se comenzaba a repartir.
Las eternas filas de los sedientos se veían en todos lados, de este a oeste, de norte a sur, en la Iglesia del Carmen Alto, en la Alameda de León, en comercios y restaurantes, en museos y hasta en hoteles, miles de oaxaqueños caminaban por el centro de la ciudad.
Agua de chilacayota, horchata, sandía, tamarindo, tejate, coco y decenas de sabores más fueron ofrecidos por mujeres ataviadas de los coloridos trajes típicos que distinguen a las oaxaqueñas.
En el cuarto viernes de cuaresma, la ciudad se adornó de grandes ollas forradas con papel que ansió convertirse en ladrillos, arcos de palma con hermosas flores de buganvilia y papel china morado, rosa y azul que dieron la bienvenida a los que de beber pidieron.
Los jóvenes caminaban emocionadas, los adultos sonreían con altivez, la niñez sedienta, corría desesperada por conocer todos los sabores de nieves y agua que se ofrecía.
Para todos ellos, los fuertes rayos del sol poco importaron, celebrar el Día de la Samaritana era un momento único que, por celebrarlo sólo una vez al año, por ningún motivo se podía dejar pasar.
