Oaxaca.- Pocos recordarán cómo la explanada de la Catedral de la capital quedaba cubierta por tepalcate y pedazos pequeños de vasijas de barro, platos que sirvieron para comer los tradicionales buñuelos bañados en dulce y escarchados con azúcar roja.
El pretexto para devorarlos era pedir una deseo que quedaba pactado tras romper el recipiente de este postre en el suelo, o, en los viejos tiempos, contra la pared lateral de la catedral de Nuestra Señora de la Asunción.
En el pasado quedaron los años en los que la avenida Independencia y la calle Valdivieso eran un lugar de encuentro para la feria, el dragón mecánico, las tazas locas, las cenadurías y los tradicionales puestos de buñoleros, oficio que prevalece a pesar de ser desplazados cada vez más lejos del zócalo capitalino.
Sobrevivientes del buñuelo
A sus 59 años, doña Sara Vasconcelos Hernández recuerda que la última ocasión en la que se pusieron los buñoleros fue en julio de 2004, cuando la Secretaria de Turismo, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y el gobierno estatal los reubicó en la Plaza de la Danza.
"Era una tradición muy bonita, pero ya se perdió."
Con lágrimas en los ojos doña Sara reconoce que el oficio de los buñoleros está olvidado y desplazado por otras atracciones modernas "y sin el Oaxaca de antes que evoca bellos recuerdos".
"Eramos 16 puestos que nos colocábamos desde el 15 de diciembre, de esos quedan sólo cuatro puestos, porque ya no les salía el negocio; todavía sobrevivimos en el jardín Morelos, pero los juegos mecánicos invadieron los lugares donde nos ubicaban; antes teníamos licencia de instalarnos del 15 de diciembre al 6 de enero, pero los juegos llegaron desde antes", comenta sobre las dificultades de la venta y la ubicación.
La buñolera menciona que su madre, Ana María Hernández Ramírez, fue quien le enseñó el oficio y los trucos para realizar la masa y la elaboración del postre. "Comencé a hacer buñuelos y a venderlos desde que tenía ocho años". Fue en 1965 cuando ella se convirtió en la tercera generación de la familia elaborando este postre.
"El joven gobernador, no sé si se acuerde cuando él y su hermanita vinieron a comer buñuelos a la calle de Valdivieso; su papá los llevaba a comer siempre a un costado de la catedral". Como el gobernador, platica doña Sara, muchos funcionarios y personajes visitaban a los buñoleros cuando se instalaban cerca de la Catedral. "Ojalá recuerde cuando se comía su buñuelo junto a su hermanita Ximena", dice.
La historia detrás del plato y el deseo
Doña Sara recuerda que antes era impresionante ver a decenas de familias estrellando las vasijas en la explanada de la catedral. "Era un gusto ver como quebraban los platos y que preguntaran por qué los rompían y por qué pedían deseos, a lo que siempre explicamos que hay dos versiones.
"La primera, detalla, se remonta a hace dos siglos, cuando una epidemia de cólera enfermó a la población oaxaqueña y para evitar la propagación, los utensilios y los platos usados por los enfermos se rompían. Después pemaneció como un gesto de alegría por haber recuperado la salud".
Romper los platos de barro después de pedir un deseo, acción casi olvidada en estas épocas del año.
Según doña Sara, la otra versión era para recordar la usanza indígena de la fiesta azteca Atemoztli, donde romper los objetos simulaba romper lo viejo para dar bienvenida a un nuevo año.
Buñoleros desplazados
Vicente Jarquín Gijón, vendedor de dulces regionales y también buñolero, dice que hay fiestas y ferias para las empanadas, el mezcal, "para todo, menos para los buñuelos; y los turistas no saben ni donde comerlos".
"Le cuesta mucho al turismo llegar. ¿Hasta dónde están?, preguntan. Si nos dejan en el Morelos, que haya un apoyo para señalar dónde pueden comerse buñuelos".
El hombre de 62 años advierte que otro factor que ahorca a este oficio, son las "organizaciones sociales" que manejan los puestos con corrupción y favores que no les permite trabajar adecuadamente. "La venta es muy mala y todavía nos quieren cobrar piso los líderes de organizaciones influyen para reubicarnos; sólo queremos trabajar honestamente".
30
pesos cuesta un buñuelo preparado y café
