El puente que va hacia la montaña está sobre el mar. Camino sobre él y siento la inestabilidad bajo mis pies, no quiero mirar abajo. Escucho que alguien dice mi nombre como un eco melodioso, frío, desahuciado y seductor, me llama con la melancolía y la insistencia de siempre.
Ya no quiero avanzar, el puente no parece tan seguro. Mis pies son como oro puro que andan sobre un abismo que reclama la luz, jugando el peso y el valor en mi contra; el sol es inexistente y consume las llamas internas de aquel que camina en él, como si quisiera compensar aquello que le falta. Para mi mala fortuna, ahora soy yo quien lo acompaña.
Repentinamente, el aire empieza a golpear y como una hoja, el puente se mueve de un lado a otro. Mis manos parecen dos pequeñas cerezas por la fuerza y efecto de las cuerdas que lastiman, pero no estoy dispuesta a soltarme. Miro alrededor, no quiero mirar abajo -he prometido no ver hacia esa dirección- tengo suficiente miedo para cumplir esa promesa.
De repente escucho una pequeña voz (tiene la misma entonación que aquel eco) y me susurra “si te sueltas no será tan malo”; olvidé decir que cerré los ojos, así que solo oí esa voz y pensé que era parte de mi imaginación provocada por el miedo, cuando sentí algo que caminaba sobre mis hombros y repetía, “si te sueltas no será tan malo”; el frío que me provocaban sus palabras me resultaba familiar.
En un acto de creer que era un gran ángel, decidí confiar y me solté. Caí muy rápido, pero logré ver que aquella cosa que emitía esos sonidos parecía ser un pájaro. Supongo que para él soltarse era un tema de aprendizaje. Para mí... bueno, no tengo que especificar lo que sucedió, ¡no tengo alas!
