Los poderes o potestades habitan la segunda triada, en el sexto coro, debajo de las virtudes; a esta orden jerárquica se le relaciona con los Seraphim, las serpientes llameantes, la severidad del mundo.
Ellos ordenan el trabajo que Dios ordena realizar, son los que resguardan el orden, los responsables de que las fuerzas involutivas no se adueñen del planeta, están pendientes que las leyes del Universo funcionen de acuerdo con el Plan Divino; ellos representan la fuerza que sostiene el electrón que gira alrededor del núcleo del átomo; también son los encargados de los procesos de los mundos.
Junto con las Virtudes, se encargan de la correcta distribución de las energías en la tierra; en el plano astral asisten a las almas que han abandonado el cuerpo físico, cuando estas tienen miedo y angustia por experimentar lo que llamamos muerte.
También protegen al mundo para que no predominen las fuerzas involutivas, controlan a los espíritus malignos y guardan los caminos celestiales protegiéndolos del mal.
La luz que proyectan con su áurea produce una sensación de paz, de tranquilidad, de suprema armonía, es la luz que necesitan los seres que han dejado el mundo material, se les presenta con una llameante espada en su mano derecha, indicando su poder sobre las fuerzas del mal.
El fuego que aparece rodeándolos es la pasión de su entrega a Dios, su celo por cumplir con su voluntad y el elemento de la purificación necesaria para evolucionar en el mundo espiritual; su túnica azul resulta ser una promesa de gozar del mundo celestial, cuando su alma se purifica.
Los directores de las potestades son:
Camael: El que ve a Dios.
Gabriel: Dios es mi fortaleza.
Verchiel: Resplandor de Dios.
Desde este Coro se coloca sobre cada ser un ángel de protección, con el propósito de proteger la materia que lo acompaña durante todas las vidas; desde el momento que aparecen por primera vez como ser humano, luchan contra el plano astral más denso y se les invoca para liberarse de entidades y pensamientos negativos.
Equilibran y reconcilian lo opuesto (por ejemplo: donde hay obscuridad buscan la luz); este es un coro muy grande y de él depende el equilibrio entre el bien y el mal; a este coro pertenecen los ángeles del nacimiento y los ángeles de la muerte, que son los que acompañan al ser humano cuando viene a este plano y también lo llevan de vuelta, ayudando a despegar sus cuerpos de este plano.
Esta jerarquía angélica tiene a su cargo que nunca el mal supere al bien.
Cuando más intentamos adentrarnos a las ilusiones de lo que pensamos que es o de lo que debería ser, menos tiempo o energía nos queda para vivirla con eficiencia.
